Hace mucho tiempo fui un hombre.

Ya casi nadie recuerda mi nombre.

Vivía cerca de la laguna y escuché una promesa que pocos habrían aceptado: convertirme en su guardián.

Dicen que ayuné varios días.

Que hablé con los árboles.

Que aprendí a escuchar el viento.

No sé cuánto de eso es verdad.

Lo que sí recuerdo es que una mañana llegué a la orilla de Limoncocha y comprendí que había llegado el momento de quedarme.

Desde entonces vivo aquí.

He visto amaneceres suficientes para perder la cuenta.

He visto crecer árboles, desaparecer senderos y regresar aves que parecían haberse olvidado de este lugar.

Conozco el sonido de la lluvia antes de que aparezca.

Sé cuándo el río viene cansado y cuándo el bosque está contento.

También he aprendido bastante sobre los humanos.

Algunos llegan en silencio.

Observan el agua.

Toman una fotografía.

Y se marchan.

Otros aparecen haciendo ruido, como si la laguna necesitara ayuda para llamar la atención.
Unos llegan con respeto y se marchan dejando apenas sus huellas.

Otros abandonan desperdicios en la orilla, seguros de que nadie les pedirá cuentas.

Pero el agua tiene memoria.

Una mañana vi acercarse una canoa.

Venían dos personas.

Un hombre mayor y un muchacho que no apartaba la vista de su teléfono.

Lo movía de un lado a otro como si estuviera buscando algo.

—Pon cara de misterio —le dijo al anciano—. Esto va a tener muchos likes.

No entendí exactamente qué era un like, pero sonó importante.

La canoa se detuvo justo sobre mí.

El anciano miró el agua y sonrió.

—Tal vez hoy veamos al guardián de la laguna.

—Perfecto —respondió el joven—. Si aparece, me hago viral.

Decidí asomarme.

Solo un poco.

Lo suficiente para que vieran un reflejo extraño entre las aguas.

El muchacho casi dejó caer el teléfono.

—¡Lo grabé! —gritó.

Yo regresé al fondo bastante satisfecho.

Horas después intentó mostrar el video.

Pero la laguna tenía otros planes.

La imagen había desaparecido.

Solo quedó una frase sobre la pantalla:

«El agua no quiere fama. Solo respeto».

El muchacho pensó que era una falla del aparato.

Yo pensé que era un mensaje bastante razonable.

Desde entonces sigo aquí.

A veces me dejo ver.

A veces no.

Depende del día.

Y también depende de los visitantes.

Pero si alguna vez siente que la laguna lo observa de regreso, no se preocupe.

Probablemente solo sea yo, comprobando que todavía quedan personas capaces de mirar el agua sin necesidad de publicarla.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

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