Aquella noche una joven panadera salió del horno con el delantal todavía puesto.

Llevaba harina en el cabello, sueño en los ojos y un pancito caliente en el bolsillo.

Su madre le había repetido el mismo consejo toda la vida:

—Sales del trabajo y vienes directo a la casa. Nada de quedarte en la calle. Y si escuchas música rara a medianoche, ni se te ocurra acercarte.

La joven siempre respondía lo mismo.

—Sí, mamá.

Y casi nunca obedecía.

Al pasar por la calle Sucre vio un portón antiguo que le pareció perfecto para una fotografía.

Sacó el celular.

Sonrió y escribió:

«Sobreviví a otro turno».

Fue entonces cuando escuchó los tambores.

—¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

La calle se iluminó de golpe.

Un enorme camión apareció doblando la esquina.

Tenía tantas luces que parecía una discoteca con llantas.

En la parte más alta viajaba un mono con gafas oscuras, chaqueta brillante y unos audífonos del tamaño de una cacerola.

Era el famoso Mono DJ del Averno.

—¡Al fin te encuentro! —gritó señalándola.

La panadera miró hacia atrás.

No había nadie más.

—¿Yo?

—¡Claro que tú!

—Debe haber un error.

—Imposible. Tenemos un algoritmo infernal que detecta talento.

La joven se quedó pensativa.

Nunca antes le habían dicho que tenía talento.

El mono bajó de un salto.

—¿Te gustaría hacerte famosa?

—¿Famosa?

—Millones de seguidores.

—¿Millones?

—Entrevistas.

—¿Entrevistas?

—Autógrafos.

—Nunca he dado uno.

—Perfecto. Todavía no has sido arruinada por la fama.

La muchacha dudó.

La propuesta sonaba tentadora.

—¿Y qué tengo que hacer?

El Mono DJ sonrió.

Las gárgolas prepararon el bajo.

Los demonios afinaron las trompetas.

—Solo cantar.

Le entregó un micrófono con forma de tridente.

La joven respiró profundo.

Y cantó.

Cantó con entusiasmo y convicción.

Cantó como si estuviera amasando pan con las cuerdas vocales.

Cuando terminó, el silencio fue absoluto.

El Mono DJ tenía los ojos abiertos de par en par y la boca entreabierta por el susto.

Una de las gárgolas lloraba.

Un demonio intentaba meterse las trompetas en los oídos para no escuchar más.

Otro buscaba desesperadamente un exorcista.

—¿Y bien? —preguntó la panadera.

El mono tragó saliva.

—¿Dónde aprendiste a cantar?

—En la ducha.

—Se nota.

Las luces comenzaron a apagarse.

Una trompeta salió volando.

Dos demonios saltaron del camión.

Y un esqueleto se desmayó por segunda vez.

—¡Retirada! —gritó el Mono DJ—. ¡Retirada inmediata! Acabas de convertirte en la primera artista prohibida en el infierno.

Y desaparecieron.

La joven llegó a casa todavía confundida.

Su madre la esperaba en la puerta.

—¿Escuchaste música rara?

—Sí.

—¿Y te acercaste?

—Sí.

—¿Y qué aprendiste?

La panadera lo pensó unos segundos.

—Que algunas tentaciones conviene dejárselas a otras personas.

 

 Dorys Rueda: Cuentos Entre leyendas y Sonrisas, 2026

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