
Con la más estricta discreción, algunas de las criaturas mitológicas más conocidas de Otavalo se reunieron una noche en las faldas del Imbabura.
Organizar aquellas reuniones nunca era sencillo.
Unos no tenían señal.
Otros seguían confiando en palomas mensajeras.
Y la Viuda del Cementerio enviaba audios tan largos que nadie terminaba de escucharlos.
Pero aquella vez todos llegaron.
El motivo era importante.
—Tenemos que ponernos al día —declaró el Duende de la Fábrica La Joya—. El mundo cambia demasiado rápido.
La Viuda del cementerio acomodó su velo.
—Yo ya me adapté. Antes tenía que esperar horas en los caminos para encontrar infieles. Ahora ellos mismos publican dónde están, con quién están y hasta sonríen para la foto.
—Eso sí es progreso —comentó la Bruja del Río El Tejar.
—Y ahorro de tiempo —añadió la Viuda del Cementerio.
La Bruja del Río El Tejar sonrió con orgullo.
—Yo también me modernicé. Acabo de comprar una escoba de última generación.
—¿Y qué tiene de especial? —preguntó el Duende de la Fábrica La Joya.
—¿Qué no tiene? Piloto automático, luces para vuelos nocturnos, detector de tormentas, asiento ergonómico, frenos de emergencia, sistemas anticaídas y una aplicación que me avisa cuándo necesita mantenimiento.
—¿Y vuela bien?
—Tan bien que el otro día llegué a Cotacachi antes de salir de Otavalo.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé, pero funciona.
Todos asintieron con respeto.
La Sirena del Lago San Pablo tomó la palabra.
—A mí me invitaron a cantar en un karaoke.
—¿Y cómo te fue?
—Muy bien.
—¿Te aplaudieron?
—Me pidieron fotos.
—¿Cuántas?
—Cinco.
—¿Cinco?
—La primera salió movida. Las otras cuatro eran para las redes.
La Viuda del Cementerio soltó una carcajada.
—Ya te veo convertida en artista.
—Estoy pensándolo.
Todos rieron.
Todos menos el Duende de Taxopamba.
Permanecía sentado sobre una roca, observando la conversación.
—¿Y tú qué has hecho para modernizarte? —preguntó el Duende de la Fábrica La Joya.
—Varias cosas.
Todos volvieron la vista hacia él. Era la primera vez que hablaba desde que había comenzado la reunión.
—A ver, cuéntanos —dijo la Bruja del Río El Tejar.
—Instalé cámaras en la cascada.
Hubo silencio.
—¿Cámaras? —preguntó la Sirena del Lago San Pablo.
—Sí.
—¿Y quién las vigila?
—Yo.
—¿Desde dónde?
—Desde el celular.
La Viuda del Cementerio levantó una ceja.
—¿Tienes celular?
—Dos.
—¿Dos?
—Uno para el bosque y otro para emergencias.
—¿Qué clase de emergencias tiene un duende? —preguntó la Bruja del Río El Tejar.
—Turistas.
El Duende la Fábrica La Joya soltó una carcajada.
—Continúa.
—También abrí cuentas en redes sociales.
—¿Y qué publicas?
—Fotos de la basura que dejan.
—¿Y eso funciona?
—Muchísimo.
—¿Por qué?
—Porque los etiqueto.
La Sirena del Lago San Pablo frunció el ceño.
—Eso es cruel.
—Eficiente —corrigió el Duende de Taxopamba.
—¿Y si no regresan a limpiar?
—Regresan.
—¿Tan seguro estás?
—Siempre regresan.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque antes de irse les escondo el camino.
La Bruja del Río El Tejar casi se cae de la escoba.
—Eso no es educación ambiental.
—Claro que sí.
—Eso es chantaje ecológico.
—Los resultados son excelentes.
La Viuda del Cementerio ya no podía contener la risa.
—¿Algo más?
—Estoy grabando un podcast.
—¿Sobre naturaleza?
—Sobre turistas mal educados.
—¿Y quién lo escucha?
—Los búhos.
—¿Y qué opinan?
—Todavía no comentan, pero las reproducciones van bien.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
—Definitivamente —dijo el Duende de la Fábrica La Joya—, eres el más moderno de todos.
—Y el más peligroso —añadió la Bruja del Río El Tejar.
El Duende de Taxopamba sonrió.
La reunión terminó entre risas.
La Sirena regresó al Lago San Pablo.
La Bruja volvió al Río El Tejar.
La Viuda tomó el camino del cementerio.
El Duende de la Joya volvió a la antigua Fábrica.
Y el Duende de Taxopamba regresó a su cascada, convencido de que la tecnología era útil… siempre que sirviera para perseguir a quienes dejaban basura.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
