Dorys Rueda

 

Esta historia le llegó al profesor Óscar Ruiz gracias a sus alumnos Emily Pérez, Arelis Bustamante, Yuliana Castillo y Miguel Sinche. Él me la contó en julio de 2025 y yo ahora la comparto de la misma manera en que la escuché.

Los ancianos del lugar siempre la contaban, sobre todo a los jóvenes que no le temían ni al mismo diablo. Hablaban de la mujer del panteón y de cómo debían evitar pasar cerca del cementerio.

En Catamayo, hace muchísimos años, vivía Sofía junto a su madre. Las dos trabajaban muy duro en el campo desde que amanecía. Recién al atardecer, muy cansadas, retornaban a la casa. con ese cansancio que se siente en los huesos después de todo un día en el campo. Pero Sofía era distinta; de algún lado sacaba fuerzas para atender a los niños del barrio. Los quería de verdad, con esa nobleza natural de la gente que da lo que no tiene, sin pedir nada a cambio.

Fue en una noche de feria cuando se cruzó con Juan. Él era un muchacho de buena cuna, de familia de dinero. Apenas se miraron, algo se les movió por dentro y ahí se selló su destino. Empezaron a verse a hurtadillas, esperando a que nadie en el pueblo los viera.  Se iban por los senderos de tierra,  cuidándose de que las sombras no los delataran.

Y los días que no podían verse, él le enviaba cartas llenas de promesas; papeles que ella guardaba debajo del colchón, bien escondidos, como quien guarda un tesoro entre la pobreza.

Pero en los pueblos el secreto dura poco. La familia de él terminó por enterarse y se armó el escándalo. No iban a permitir que su apellido se mezclara con el de una chica humilde.

Los jóvenes no se rindieron y, una noche, con la complicidad de un sacerdote, contrajeron matrimonio. Pero la dicha les duró apenas tres días. Tres días de panes compartidos y de no soltarse la mano.

Al cuarto día, Juan montó su caballo para ir a encarar a los suyos y ya no regresó. El animal volvió solo, desbocado y con el sudor seco bajo el polvo. A él lo encontraron horas más tarde, allá en una quebrada. Todo indicaba que el caballo dio un mal paso y el muchacho se golpeó la cabeza contra una piedra.

Sofía sufrió muchísimo y no encontraba consuelo. Todos los días, a la caída de la tarde, se iba al panteón de San José a sentarse junto a la tumba donde lo habían dejado. Le hablaba en susurros, como si Juan pudiera escucharla a través de la piedra y el olvido.

Hasta que una noche se oyó un grito en el pueblo que le heló la sangre a todos. Un grito largo, desesperado, que venía de allá, del cementerio.

Unos cuantos se armaron de valor y fueron con lámparas de aceite. La encontraron tirada sobre la tumba, abrazada a la tierra, ya sin vida, con una lágrima tibia corriéndole todavía por el rostro.

Después de eso, la gente empezó a ver cosas extrañas. Luces que se movían entre las lápidas o sombras que pasaban despacio, como si alguien caminara tratando de no ser visto.

Los más viejos dicen que es el alma de Sofía, que todavía no encuentra descanso y sigue cruzando esa frontera invisible entre los vivos y los muertos para buscar a su esposo.

Otros afirman que, si alguien pasa por el panteón a medianoche, siente un aire tibio en la nuca y la clara sensación de que alguien camina detrás, aunque no se escuche ningún paso.

Los jóvenes, que crecieron escuchando esta historia, dicen que no hay que tenerle miedo, porque ella no busca hacer daño. Solo sigue atrapada en su tristeza. Todavía no logra aceptar que Juan ya no está y por eso continúa buscándolo entre las sombras y las cruces del cementerio.

 

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