
Hace muchos años, siete mariposas de distintos colores vivían entre los campos de Otavalo.
Volaban juntas.
Descansaban juntas.
Y nadie discutía sobre cuál era la más hermosa.
El problema comenzó el día en que descubrieron su reflejo en un charco.
La Celeste fue la primera en quedarse mirándose.
Dio una vuelta.
Luego otra.
Y una tercera, por si acaso.
—Tengo el color exacto del cielo despejado —dijo con satisfacción.
La Amarilla se acercó.
—No está mal. Pero yo brillo más.
La Roja apareció enseguida.
—Brillar no es lo mismo que destacar.
Aquello fue suficiente para iniciar el problema.
Poco tiempo después descubrieron las redes sociales.
La Celeste publicaba fotografías cada mañana.
—Luz natural —escribía.
Aunque llevaba cuarenta minutos buscando el ángulo correcto.
La Amarilla era peor.
Publicaba una foto y tres segundos después ya estaba revisando las reacciones.
—¿Cuántas llevo?
—Cinco.
—¿Y ahora?
—Siguen siendo cinco.
La Roja discutía con cualquiera.
Una vez pasó dos días enteros peleando con un escarabajo que había comentado:
—Bonitas alas.
La Roja respondió:
—¿Bonitas nada más?
La Verde abrió una página dedicada a la vida natural.
Publicaba consejos sobre flores silvestres y polen orgánico.
Después criticaba a las demás por usar filtros.
La Naranja compartía fotografías de atardeceres.
Pero antes corregía los colores.
—El cielo nunca me hace justicia —decía.
La Violeta abrió un canal de reflexiones.
Su primer video duró una hora y veinte minutos.
La única que llegó hasta el final fue la propia Violeta.
Y la Azul fingía que no le interesaban las redes.
—Yo no vivo pendiente de esas cosas.
Sin embargo, revisaba quién había visto sus publicaciones antes de desayunar.
Con el tiempo dejaron de volar juntas.
Pasaban el día mirando pantallas.
Comparando seguidores.
Contando comentarios.
Y observando quién aparecía más veces en las fotografías.
Una mañana la Amarilla anunció:
—Ya tengo diez mil seguidores.
La Roja casi se desmaya.
—¿Cómo que diez mil?
—Diez mil.
—Seguro compraste algunos.
La discusión duró tres días.
Al cuarto llegó una tormenta.
Al principio ninguna se preocupó.
La Celeste estaba editando una fotografía.
La Amarilla revisaba estadísticas.
La Roja seguía respondiendo comentarios.
La Violeta grababa una reflexión titulada La tormenta interior y el vuelo consciente.
Pero el viento empezó a soplar con fuerza.
Después llegó la lluvia.
Y luego el granizo.
Las siete intentaron volar.
No pudieron.
Las ráfagas las empujaban de un lado a otro.
Por primera vez en mucho tiempo dejaron de mirar las pantallas.
La Celeste sujetó a la Amarilla.
La Amarilla sostuvo a la Roja.
La Roja ayudó a la Verde.
Y así fueron tomándose de las alas para no terminar quién sabe dónde.
Cuando la tormenta pasó, quedaron juntas sobre una rama.
Empapadas.
Despeinadas.
Y bastante menos preocupadas por los seguidores.
Entonces apareció el sol.
Las gotas comenzaron a brillar sobre sus alas.
Los colores se mezclaron en el cielo.
Y formaron algo mucho más hermoso que cualquiera de sus fotografías.
Desde entonces, cada vez que llueve sobre Otavalo y vuelve a salir el sol, las siete mariposas aparecen juntas formando el arcoíris.
Aunque las golondrinas aseguran que todavía discuten.
Sobre todo cuando alguien comenta que el color más bonito es el de otra.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y Sonrisas, 2026
