
Los domingos, después de misa, los vecinos del barrio de Santa Rosa se quedaban conversando a la salida de la iglesia. Aquella mañana estaban especialmente asustados.
—Anoche volvió a pasar el descabezado —dijo una mujer—. A las doce en punto. Lo vi desde mi ventana. ¡No tenía cabeza!
Nadie se rio.
Desde hacía varias semanas, un misterioso jinete recorría Riobamba cada sábado a medianoche. Montaba un caballo negro y vestía del mismo color. Quienes lo veían aseguraban que no tenía cabeza.
Aquello sucedió hacia 1814 o 1815, unos veinticinco años después del reasentamiento de Riobamba en la llanura de Tapi.
Era en plena época de las guerras de Independencia. Por eso, la primera noche que escucharon el golpeteo de unas herraduras, algunos vecinos creyeron que llegaba un mensajero con novedades de los combates. Pero cuando se asomaron a las ventanas, descubrieron que el jinete no tenía cabeza.
Y mientras el miedo crecía entre los habitantes, dos jóvenes del barrio de Santa Rosa, uno astuto y otro prudente, decidieron descubrir quién era aquel misterioso jinete.
Una tarde de sábado se encontraron en la calle y terminaron hablando del descabezado.
—A mí no me vengan con cuentos —dijo el astuto—. Ese jinete tiene que ser algún pícaro que quiere asustarnos.
—¿Y si de verdad es un alma en pena?
—Pues habrá que averiguarlo.
—¿Y cómo piensa hacerlo?
—Con una soga. La templamos de una ventana a otra, a la altura del pecho. Cuando pase montado, se va a encontrar con ella.
El prudente lo escuchó con preocupación.
—Lindo el plan. Pero ¿qué hacemos si es un espíritu de verdad?
—No va a pasar nada.
Fueron a la plaza y compraron una soga larga, una poma de aguardiente de contrabando y unos tabacos cerreros.
Al caer la noche se reunieron en una de las casas, bebieron para darse valor y, poco antes de la medianoche, tendieron la soga entre las ventanas, calculando a ojo la altura del pecho del jinete.
—Ahora sí —dijo el astuto, satisfecho—. De aquí no pasa.
Después se escondieron y esperaron.
Entonces sonaron unas herraduras.
—Ahí viene —susurró el astuto.
A lo lejos apareció el caballo negro. Sobre él avanzaba el jinete, envuelto en su poncho oscuro y no se le veía la cabeza.
—Todavía podemos quitar la soga —murmuró el prudente.
—Ahora, no.
El caballo continuó avanzando.
Un instante después, el jinete chocó contra la cuerda y cayó de espaldas en medio de la calle. El caballo siguió su camino, mientras los dos jóvenes salían apresuradamente de su escondite.
El supuesto fantasma estaba tendido en el suelo.
Y se quejaba.
—¡Ay! ¡Ay, mi espalda!
Los muchachos se acercaron con cautela. Entre los dos sujetaron al hombre y le apartaron el poncho que le cubría la cabeza.
Entonces descubrieron que el descabezado tenía cabeza.
—¡Era el párroco de San Luis!
El sacerdote, rojo de vergüenza, se incorporó y terminó confesando la verdad.
Estaba enamorado de una muchacha de Santa Rosa y acostumbraba visitarla a escondidas. Para evitar que lo reconocieran, se cubría la cabeza y recorría las calles montado en su caballo negro.
Su disfraz había resultado tan convincente que los vecinos preferían encerrarse en sus casas antes que encontrarse con aquel cura enamorado.
Dorys Rueda, Leyendas, historias y casos de mi tierra Ecuador, Volumen II, obra inédita.
