
La Mama Tungurahua esperaba al Altar. Desde hacía algún tiempo se encontraban a escondidas, procurando que el Taita Chimborazo no descubriera sus encuentros.
Aquella tarde, el Altar llegó cuando las nubes comenzaban a cubrir las montañas.
—Pensé que no vendrías —le dijo la Tungurahua.
—Te prometí que estaría aquí.
—Debemos tener cuidado. El Chimborazo sospecha de nosotros.
—¿Nos ha visto?
—No lo sé. Pero conoce estas montañas mejor que nadie.
El Altar miró hacia el occidente, donde se levantaba la enorme figura del Chimborazo.
—Será mejor que me marche antes de que oscurezca.
—Quédate un momento más —le pidió ella.
Y continuaron conversando, sin imaginar que el Chimborazo los observaba desde la distancia.
El Taita Chimborazo era el más imponente de aquellos montes. Había vivido durante mucho tiempo junto a la Mama Tungurahua y nunca imaginó que ella pudiera enamorarse de otro.
Cuando descubrió lo que ocurría, se enfureció. No podía soportar que el Altar se encontrara a escondidas con su esposa. Durante varios días vigiló sus movimientos, hasta que decidió enfrentarlo.
Una mañana fue a buscarlo.
—¡Altar! —lo llamó desde lejos.
—¿Qué quieres, Chimborazo?
—Que dejes en paz a la Tungurahua.
—Eso tendrás que hablarlo con ella.
—¡Es mi esposa!
—Lo sé. Pero ella viene a buscarme por su propia voluntad.
El Chimborazo avanzó hacia él.
—Te lo advierto por última vez. No vuelvas a acercarte a la Tungurahua.
—No puedes obligarme a dejar de verla.
El Taita Chimborazo no quiso escuchar más. Se lanzó contra el Altar y le propinó un golpe que hizo temblar la tierra.
El Altar respondió con todas sus fuerzas.
Los dos comenzaron a pelear. Cada golpe sacudía las montañas. Grandes rocas se desprendían de las laderas y rodaban hacia los valles.
El Altar resistió cuanto pudo, pero el Chimborazo era más fuerte. Lo golpeó una y otra vez, hasta destrozarle parte de la cumbre.
El Carihuairazo, que había presenciado la pelea, decidió intervenir.
—¡Basta, Chimborazo! ¡Vas a matarlo!
—¡Apártate! Esto no es asunto tuyo.
—Ya lo has vencido. Déjalo en paz.
Pero el Chimborazo seguía furioso.
—¡Te he dicho que te apartes!
El Carihuairazo no le hizo caso. Se colocó junto al Altar para defenderlo.
Entonces el Chimborazo se lanzó contra los dos.
La pelea fue terrible. Los golpes hicieron retumbar la tierra y desprendieron enormes pedazos de roca de las montañas. El Altar, ya muy debilitado, apenas podía defenderse. El Carihuairazo intentó resistir, pero tampoco pudo contener la fuerza de su adversario.
Finalmente, los dos quedaron vencidos.
El Chimborazo contempló a sus rivales. Ya no podían continuar la pelea. Entonces se retiró, dejando atrás las montañas destrozadas.
La Mama Tungurahua había presenciado la pelea. Al ver al Altar vencido, con parte de su cumbre destrozada, comenzó a arrojar humo y fuego.
Pasaron los años. Las lluvias, los vientos y las nevadas cayeron sobre las montañas. Los valles recuperaron la calma y la vida continuó a sus pies, pero las huellas de aquella pelea permanecieron.
Cuentan que por eso el Altar y el Carihuairazo tienen sus cumbres quebradas, mientras el Taita Chimborazo sigue erguido, como el vencedor de aquella antigua disputa.
Dorys Rueda, Leyendas, historias y casos de mi tierra Ecuador, Volumen II, obra inédita.
