
El Carbunco había sido durante siglos el terror de los caminos.
Era un perro negro gigantesco, con ojos como brasas y un diamante encendido en la frente.
Bastaba verlo aparecer entre la oscuridad para que más de un otavaleño olvidara el camino y comenzara a rezar.
Pero los tiempos cambiaron.
Ahora la gente caminaba mirando el celular y ya casi nadie levantaba la vista para asustarse.
Una noche el Carbunco apareció en un sendero con toda la intención de hacer su trabajo.
Un muchacho levantó la vista, lo observó unos segundos y dijo:
—¡Qué chévere!
El Carbunco se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Está buenísimo el disfraz.
Antes de que pudiera reaccionar, el joven ya se estaba tomando una fotografía.
—Póngase un poquito de perfil.
El Carbunco enseñó los colmillos.
—¡Así mismo! ¡No se mueva!
La situación empeoró.
Llegó otro muchacho.
Después una pareja.
Y, antes de diez minutos, ya tenía una fila de personas esperando su turno para la foto.
Aquella misma noche alguien subió un video.
Al día siguiente medio Otavalo conocía al supuesto «perrito del diamante».
El Carbunco pasó tres días encerrado en su cueva.
Cuando salió tomó una decisión.
Debía actualizarse.
Se inscribió en un curso virtual titulado:
«Cómo volver a dar miedo en tiempos modernos».
El curso ofrecía certificado digital y una clase extra sobre entradas impactantes.
Aprendió efectos de sonido.
Iluminación dramática.
Uso responsable de humo artificial.
Y manejo avanzado de apariciones nocturnas.
Durante varias semanas practicó frente a un espejo de agua.
Cuando se sintió preparado eligió un callejón oscuro.
Activó el humo.
Encendió el diamante.
Y lanzó el rugido más impresionante de toda su carrera.
Nada.
Repitió el rugido.
Tampoco.
Entonces apareció una luz.
—¡Ajá! —gritó una voz.
El Carbunco giró lentamente.
Era un guardia municipal.
—¿Quién anda ahí?
—Soy el Carbunco.
—¿En serio?
—Sí, soy el terror de los caminos. El espanto de las noches.
El guardia lo observó unos segundos.
Luego preguntó:
—¿Y sus papeles?
El Carbunco quedó desconcertado.
Nadie le había pedido papeles en trescientos años.
Decidió rugir con toda su autoridad.
El guardia abrió una funda.
—¿Quieres una salchicha?
Aquello fue el principio del fin.
Media hora después viajaba en una camioneta rumbo a la perrera municipal.
El guardia estaba convencido de haber rescatado al perro más raro de Otavalo.
Allí intentó explicar varias veces quién era.
—Soy el Carbunco.
—Muy bien, Flashito.
—No me llamo Flashito.
—¿Quién quiere croquetas?
Aquello hacía imposible cualquier conversación seria.
Durante los primeros días trató de recuperar su prestigio.
Mostró los colmillos.
Gruñó.
Hizo brillar el diamante.
Pero cada intento producía exactamente el efecto contrario.
—¡Qué lindo!
—¡Miren cómo sonríe!
—¡Le brillan los ojitos!
El Carbunco empezó a comprender que ahora la gente se asustaba de otras cosas.
Lo peor era que las croquetas estaban bastante buenas y la cama resultaba sorprendentemente cómoda.
Nunca lo reconoció públicamente, pero dejó de intentar escapar.
Con el tiempo se convirtió en el habitante más famoso de la perrera.
Los visitantes llegaban para conocerlo.
Los niños querían fotografías.
Y los voluntarios discutían por quién lo sacaba a pasear.
—Hoy me toca a mí.
—No, hoy me toca a mí.
El Carbunco escuchaba la discusión y movía la cola con discreción.
Solo por educación.
Al menos eso decía.
Algunas noches todavía sale a caminar por los alrededores de Otavalo.
El diamante sigue brillando.
Sus ojos continúan pareciendo brasas.
Y su sombra sigue siendo enorme.
Hay quienes, al cruzarse con él, cambian de acera por si acaso.
El Carbunco prefiere pensar que todavía le tienen miedo.
Nadie ha querido quitarle esa ilusión.
Después regresa tranquilamente a la perrera.
Porque una leyenda puede acostumbrarse a las croquetas…
pero nunca deja de disfrutar un buen susto.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
