Durante muchos años fui la Gallina Negra de la Fuente de Punyaro, en Otavalo. Espantaba a las lavanderas con mis ladridos hasta que remodelaron el lugar y tuve que buscar un nuevo oficio. Terminé cuidando una lavandería del barrio. Una noche ahuyenté a un ladrón y las cámaras de seguridad grabaron la escena. Desde entonces el video comenzó a circular por todas partes.

Desde entonces mi vida dejó de ser tranquila.

Todos los días aparecía alguien para verme ladrar.

Otros querían una fotografía.

Y nunca faltaba quien preguntara si podía repetir el picotazo «para las redes».

Al principio me hacía gracia.

Después empezó a cansarme.

Una madrugada, cuando por fin la lavandería quedó en silencio, encendí el televisor.

Estaban dando Karate Kid.

Vi toda la película.

Dos veces.

Al amanecer ya caminaba levantando una pata.

Aquello no podía ser casualidad.

Si un muchacho aprendía karate, ¿por qué yo no?

Desde esa noche comencé a practicar.

Primero sobre una funda de detergente.

Después encima de una lavadora apagada.

Más tarde sobre una secadora que vibraba demasiado.

No era fácil mantener el equilibrio.

Pero tampoco lo había sido aprender a ladrar.

Las noches se me iban entre patadas de ala, giros elegantes y picotazos al aire.

El dueño de la lavandería me observaba desde la puerta.

—Se está volviendo loca —murmuró una vez.

No le respondí.

Los grandes maestros casi nunca explican sus métodos.

Un sábado llegaron cuatro muchachos.

Traían celulares, un trípode y un dron.

—Es aquí —dijo uno—. Aquí trabaja la gallina del video.

—Seguro todo fue un montaje —respondió otro.

El tercero ya estaba transmitiendo en vivo.

—Vamos a comprobar si de verdad hace karate.

Yo seguía junto a una lavadora.

Como si no hubiera escuchado nada.

—A ver, maestra… haga una patada.

No me moví.

—Ladre.

Silencio.

—¿Ven? Todo era publicidad.

Entonces sonreí por dentro.

Subí despacio sobre la lavadora.

Levanté una pata.

Cerré los ojos.

Esperé unos segundos.

Y lancé un ladrido que hizo despegar al dron antes que a su dueño.

Los cuatro dieron un salto.

Uno dejó caer el celular.

Otro terminó sentado dentro de un canasto de ropa.

El que transmitía en vivo salió corriendo sin cerrar la transmisión.

El video se hizo viral esa misma tarde.

Los comentarios aparecieron enseguida.

—Eso está hecho con inteligencia artificial.

—El dron estaba programado.

—La gallina es un actor con plumas.

Yo nunca respondí.

Aprendí hace tiempo que es más fácil espantar un ladrón que convencer a alguien en internet.

Desde entonces sigo cuidando la lavandería.

Y todas las madrugadas practico un poco.

No vaya a ser que vuelva otro ladrón…

o que el señor Miyagi decida pasar por Otavalo.

 Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y sonrisas, 2026

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