La Chilena llevaba siglos apareciéndose por las noches en las viejas calles de Quito.
Pensó que, después de tanto tiempo, su historia habría servido de lección.
Se equivocó.
Una tarde, mientras cruzaba lentamente el Parque El Ejido, escuchó a dos muchachas conversar.
—Estoy segurísima de que tiene otra.
—¿Por qué?
—Porque anoche estuvo conectado hasta las dos de la mañana.
La Chilena continuó su camino.
Un tramo más adelante oyó otra discusión.
—Ya no me quiere.
—¿Qué pasó?
—Le dio «me gusta» a la foto de una compañera del trabajo.
Aquello empezó a inquietarla.
En los días siguientes escuchó discusiones por mensajes en visto, fotografías de perfil, corazones enviados por error y conexiones a horas sospechosas.
Suspiró.
Los siglos pasaban.
Los celos seguían siendo los mismos.
Solo habían aprendido a usar internet.
Después de pensarlo varios días, decidió hacer algo.
Mandó imprimir unos pequeños avisos y los pegó discretamente por el Centro Histórico.
TALLER GRATUITO
Primeros auxilios para personas celosas
Expositora: La Chilena
La primera noche llegaron veinte personas.
La segunda fueron más de cincuenta.
A la tercera ya no alcanzaban las sillas.
Había novios, esposos, prometidos, divorciados…
Y hasta un señor que aseguró asistir únicamente por curiosidad, aunque revisó el celular cuatro veces durante la charla.
La Chilena comenzó sin levantar la voz.
—Los celos tienen una mala costumbre.
Siempre llegan antes que las preguntas.
El salón quedó en silencio.
—Primero imaginamos.
Después acusamos.
Y recién al final pensamos en averiguar qué ocurrió.
Un muchacho levantó la mano.
—¿Y si cambia la clave del celular?
—Pregunte primero.
Desde la segunda fila intervino una señora:
—¿Y si borra una conversación?
—Pregunte primero.
Otro asistente intervino:
—¿Y si llega oliendo a un perfume que no conozco?
La Chilena sonrió apenas.
—También pregunte primero.
Desde el fondo del salón volvió a levantarse una mano.
—¿Y si dice que no es lo que estoy pensando?
La Chilena respiró despacio.
—Entonces, escuche antes de responder lo que usted ya había decidido creer.
Aquella fue la única vez que todo el salón se rió al mismo tiempo.
Desde entonces, el taller continúa.
Dicen que cada semana llega más gente.
Al terminar la charla, casi todos salen mirando el celular.
Pero ya no para revisar el de la otra persona.
Sino para llamar y preguntar:
—¿Podemos conversar un momento?
Y cuentan que, cuando eso ocurre, la Chilena sonríe desde el fondo del salón, recoge sus apuntes y apaga las luces antes de desaparecer otra vez por las calles de Quito.
