Dorys Rueda
A los 8 años, la escuela Gabriela Mistral, en la ciudad de Otavalo, era mi reino. Era un lugar mágico donde la diversión y la amistad se entrelazaban en cada rincón. Mis amigas y yo habíamos desarrollado una habilidad especial para conversar en voz alta durante las clases, lo cual, por supuesto, no pasaba desapercibido para la señorita Laura. Ella tenía una paciencia de santo, pero, como todo ser humano, con ciertos límites. Cuando nos excedíamos, se levantaba lentamente, con una calma que solo las maestras más sabias logran dominar, como si se preparara para pronunciar un discurso en el que, por alguna razón, todas nosotras éramos las protagonistas, aunque jamás habíamos sido invitadas.
Y entonces llegaba su mirada, fija, penetrante, casi mágica, como si pudiera leer nuestras mentes y saber exactamente lo que estábamos pensando, incluso antes de que lo dijéramos. Esa mirada tenía un poder casi sobrenatural. Podía desmoronarnos en segundos y en ese instante, el silencio caía sobre nosotras como una manta pesada, tan densa que parecía envolver todo el aula. De repente, el ambiente se volvía estático, como si el aire mismo dejara de moverse. Nosotras, convertidas en estatuas de pura tensión, esperábamos a que la tormenta pasara, sin atrevernos a mover un solo músculo, sabiendo que, en ese preciso momento, el tiempo se había detenido y todo dependía del siguiente gesto de la señorita Laura.
En las tardes, las clases no terminaban, ¡sólo cambiaba de escenario! Mi madre se convertía en nuestra profesora y no había forma de escapar, ni con excusas de "estoy cansada" o "me duele la cabeza". Nos sentaba a mi hermana mayor y a mí en el patio, donde había mesitas como en la escuela, que se convertían en nuestra "aula extraoficial". Con tiza en mano y esa mirada de "prepárense para lo que viene", comenzaba a darnos lecciones en el pizarrón, pero claro, esas clases no eran las típicas de una docente. No, no. Las suyas venían con una dosis extra de "atención máxima". Y si alguna de nosotras se atrevía, aunque fuera por un segundo, a distraerse, no pasaba ni un instante antes de que nos lanzara una de sus famosas miradas de "aquí no se escapa nadie". En ese momento, nos transformábamos en expertas en escuchar en absoluto silencio, copiar lo que fuera necesario y mantener la boca cerrada, como si el pizarrón fuera una sentencia irrevocable.
Después de las matemáticas, que nos dejaban con la cabeza dando vueltas como trompo y de cívica, donde tratábamos de recordar qué era lo correcto mientras los detalles de la vida de los presidentes se nos escapaban como agua entre los dedos, llegaba el verdadero recreo. Mi madre, sin prisa pero con determinación, comenzaba a contarnos esas anécdotas y leyendas ecuatorianas que nos mantenían en vilo, como si estuviéramos viviendo una película de suspenso. Se enfocaba especialmente en las historias de la provincia de Imbabura, asegurándose de que no se nos escapara ni un solo detalle. Relataba historias tan intrigantes que nos mantenían pensando en cómo La viuda de medianoche se paseaba por las calles de Otavalo en busca de almas perdidas o cómo La bruja del río El Tejar acechaba a los borrachos e infieles. Y, como si todo eso no fuera suficiente, nos sumergía en su propio universo de libros, esos que leía con una pasión tan arrebatadora que las páginas parecían cobrar vida con cada una de sus palabras.
Quo Vadis de Henryk Sienkiewicz fue el primer libro que escuché contar a mi madre. Lo hacía con tal entusiasmo y pasión que mi hermana y yo quedábamos completamente inmóviles, como si una fuerza invisible nos hubiera hipnotizado. Su voz adquiría un tono tan solemne y dramático que, en un abrir y cerrar de ojos, nos transportaba al pasado. "Y así, en el antiguo Imperio Romano...", comenzaba, y en ese instante exacto nos sentíamos como si estuviéramos de pie en el Coliseo de Roma, observando la arena llena de gladiadores, con el sol abrasándonos la piel y el rugido ensordecedor de la multitud retumbando en nuestros oídos.
Pero lo más fascinante era cuando nos narraba la historia de amor entre Vinicio y Ligia. En ese momento, su voz se volvía suave y misteriosa, como si quisiera desvelarnos un secreto ancestral. "Vinicio, tan valiente, pero tan perdido en su amor", decía, y nosotras, con los ojos abiertos como platos, nos sumergíamos en la imagen de Vinicio corriendo por las calles de Roma en busca de su amada, mientras el Imperio Romano se desmoronaba a su alrededor, atrapado en la vorágine de su pasión y desesperación.
Y luego, cuando llegaba el turno del apóstol Pedro, ahí sí la historia cobraba una dimensión completamente nueva. Nos contaba sobre sus milagros, su valentía y su sacrificio, y, cuando hablaba de Pedro, sus ojos brillaban con tal intensidad que parecía estar viendo al santo en persona. Cada palabra que pronunciaba nos transportaba directamente a las catacumbas de Roma, donde la persecución y la fe se entrelazaban en un abrazo de resistencia. ¡Sentíamos que estábamos allí, entre las sombras, aguardando con Pedro el amanecer de una nueva era!
Cuando el recreo terminaba, mi madre abría la puerta de la biblioteca y, con una amplia sonrisa, nos decía: "Vayan, miren los libros, tóquenlos, elijan el que más les guste y léanlo durante la semana". Y ahí estábamos, mi hermana y yo, lanzándonos sobre los estantes, acariciando las portadas de los libros, algunas en tonos rojos y negros, con acabados brillantes que les daban un aire de elegancia y distinción. Eran libros con encuadernaciones firmes y cubiertas que, a pesar de su antigüedad, mantenían una presencia imponente. El tacto de sus superficies, suaves pero ligeramente frías, nos hacía sentir como si estuviéramos tocando algo valioso. Era un desfile interminable de opciones y aunque, en realidad, siempre terminábamos eligiendo los mismos libros una y otra vez, el ritual de selección nunca perdía su encanto. Claro, las opciones que más nos gustaban eran aventuras de piratas, cuentos de hadas y misterios de detectives.
A veces terminábamos de leer el libro, pero otras no, porque al caer la noche, cuando aún no existían los peligros de hoy, salíamos a jugar con nuestros amigos en la calle, justo frente a nuestra casa. Nos lanzábamos a las cogidas, los trompos, el florón, las tortas, el hombre de negro, las canicas, el fútbol, la rayuela, la gallinita ciega y a todo lo que nuestra imaginación nos sugiriera. La calle se llenaba de risas y carreras, mientras las historias del libro quedaban en pausa en nuestras mentes. Cada juego creaba su propio universo, tan absorbente que no importaba si el protagonista de nuestra lectura seguía perdido en la trama. Nos sumergíamos en ese mundo lleno de emoción y movimiento, hasta que el llamado de nuestros padres nos traía de vuelta a la realidad, regresando a casa, a veces sin entender muy bien cómo había pasado el tiempo.
Entonces, para evitar que mi madre se diera cuenta de que no habíamos leído ni la mitad del libro, mi hermana y yo nos convertíamos en auténticas expertas en el arte de preguntar. Con la mayor seriedad del mundo, nos lanzábamos al ataque: "Mamá, ¿por qué el protagonista simplemente no toma otro camino?", "¿No le parece raro que no haya notado eso antes?" o "¿Cómo ese personaje llegó a esa situación tan pronto?"
Lo que sucedía a continuación era casi mágico. Nuestra madre comenzaba a explicarnos la trama con tanto detalle y entusiasmo que, en un abrir y cerrar de ojos, sentíamos que habíamos leído el libro entero, pero sin necesidad de abrir una sola página. A veces, me preguntaba si mi madre realmente no se daba cuenta de nuestra táctica o si, por alguna razón misteriosa, ella también disfrutaba de nuestra pequeña "estrategia", como si fuera parte del juego.
Estas primeras lecturas se convirtieron, sin duda, en un punto de inflexión en mi vida. No solo me enseñaron a leer, sino que despertaron en mí una pasión profunda por las historias, una pasión que sigue viva y creciendo hasta el día de hoy. Cada relato contado por mi madre no solo alimentó mi imaginación, sino que sembró en mi corazón un amor sincero por las leyendas, las anécdotas y los relatos del Ecuador. A través de esas historias, descubrí no solo los misterios y maravillas de nuestro país, sino también un vínculo especial con mi ciudad, Otavalo. Cada historia que escuchaba me conectaba más con la tierra que me vio nacer, con sus raíces, su gente y sus tradiciones.
Aunque mi madre ya no está conmigo, cada vez que me sumerjo en una leyenda o historia ecuatoriana, siento como si retrocediera en el tiempo, regresando a aquellos momentos de lecturas compartidas, con su voz acompañándome como un eco, guiándome a través de mundos llenos de magia, sabiduría y fascinación. Es como si, de alguna forma, ella aún estuviera a mi lado, contándome relatos y enseñándome la importancia de conservar nuestras tradiciones, pues cada historia es un fragmento de nuestra identidad que debemos proteger y transmitir.