Dorys Rueda
Febrero 2025
A los 3 años, aunque algo temprano, asistía ya al Jardín de Infantes “31 de Octubre” en Otavalo, un lugar donde mi mayor desafío era sobrevivir a las tentaciones de los crayones. Mi misión era recordar constantemente que “los colores se usan en el papel y no en la boca”. Pero, siendo sincera, la tentación era fuerte y a veces me encontraba mirándolos como si fueran pequeñas golosinas, pero me armaba de coraje y me concentraba en no hacer de mi boca una obra de arte comestible.
Pero ese no era el único obstáculo en mi vida escolar. Otro de mis grandes desafíos era... ¡la goma! Ese misterioso líquido transparente que, para mí, era como un tesoro escondido, esperando ser descubierto. ¿Qué tan pegajoso podía ser? Bueno, eso solo lo entendí cuando me empapaba los dedos. De repente, todo a mi alrededor se convertía en blanco de mi "creatividad": las hojas, la mesa, mi ropa y hasta mi cabello.
Otro desafío era lavarme las manos. Para la mayoría de los niños, era un proceso sencillo: un poco de agua, jabón y listo. Pero para mí, cada vez que llegaba el momento de lavarme las manos, se convertía en toda una aventura épica. El jabón era de barra, lo que hacía la tarea un poco más complicada. Al principio, intentaba frotarlo con mis manos, pero el jabón se deslizaba como si tuviera vida propia y, en un abrir y cerrar de ojos, se caía al piso. Ahí empezaba la búsqueda frenética: ¿dónde había rodado? Lo seguía por todos lados, sin importar si me mojaba aún más. Y cuando por fin lo recuperaba, parecía que el jabón estaba decidido a escapar una vez más, deslizándose por el lavabo.
Entonces, en lugar de simplemente frotarme las manos, comenzaba a moverlas de un lado a otro como si estuviera en una competencia de baile. Claro, el resultado era siempre el mismo: el lavabo se inundaba, el agua salpicaba por todas partes, y yo quedaba atrapada, con el jabón de barra desapareciendo y reapareciendo de nuevo en el lugar más inesperado. ¡Una misión fallida tras otra, pero de lo más entretenida!
En el recreo, la diversión era mi misión número uno. Una de mis especialidades era saltar la cuerda, siempre intentando no tropezar mientras giraba a mi alrededor como un torbellino. Pero mi habilidad secreta, la que realmente dominaba, era jugar con tierra. No sé por qué, pero algo en ese polvo marrón me atraía como un imán. En un abrir y cerrar de ojos, mis manos, mi cara e incluso mis zapatos estaban completamente cubiertos de tierra. Me convertía en un pequeño monstruo de barro, con la sonrisa más satisfecha del mundo.
Lo mejor, sin embargo, era el regreso al aula, cuando la señorita me veía entrar, cubierta de tierra de la cabeza a los pies. Su expresión era una mezcla entre sorpresa y resignación. Con un suspiro, me llevaba al baño. "Debes lavarte las manos y la cara", me decía y como si eso no fuera suficiente, me advertía: "¡Pero no te ahogues en el lavabo!"
Todos sabíamos que estaba prohibido salir solo y eso aplicaba tanto para mí como para todos mis compañeros del Jardín de Infantes. ¡Nadie salía sin supervisión! Sin embargo, había algo en el aire ese día que me decía que algo distinto iba a ocurrir.
La puerta se abrió, pero en lugar de ver a alguien que viniera a recogerme, vi algo mucho más tentador: ¡una oportunidad de escapar a casa sin compañía! Como vivía cerca, pensé: “Si salgo corriendo ahora, llego a casa antes de que alguien se dé cuenta.” ¡Y vaya que estaba decidida! Así que, sin pensarlo dos veces, salí disparada como si fuera una atleta en plena carrera.
Con una sonrisa de satisfacción, empecé a caminar por la avenida Modesto Jaramillo, en dirección al antiguo Mercado 24 de Mayo, donde quedaba la casa de mis padres. Pero justo cuando pensaba que ya estaba a salvo y cerca de la meta, algo en el cielo llamó mi atención. Una cometa. No una cometa cualquiera, sino una bellísima, flotando en el aire como si estuviera saludándome personalmente. No pude resistirme. Era como si la cometa estuviera diciendo: “¡Sigue mi rastro, ven a mi encuentro!” Y, claro, decidí seguirla.
Mis pies, como si tuvieran voluntad propia, comenzaron a desviarse del camino. En lugar de seguir la ruta segura hacia casa, me vi atrapada en una carrera detrás de la cometa, que parecía burlarse de mí con cada giro. Cada vez que pensaba que estaba tomando la ruta correcta, mis pasos me llevaban por una calle desconocida, como si la ciudad misma estuviera cambiando su mapa solo para darme un poco más de emoción.
Y ahí estaba yo, corriendo con todas mis fuerzas, completamente hipnotizada por los colores brillantes de la cometa que danzaban en el cielo, como si me estuvieran invitando a unirme a una fiesta celestial. Cada vez que pensaba que finalmente iba a alcanzarla, la cometa, con una agilidad impresionante, realizaba una maniobra evasiva y se alejaba aún más, dejándome atrapada en una mezcla de emoción y frustración. Era como si estuviera persiguiendo algo que solo existiera en mis sueños, algo tan fugaz y mágico que nunca podía llegar a tocarlo, pero que me mantenía corriendo sin descanso.
De pronto, en medio de mi frenética persecución de la cometa, me detuve en seco. Fue como si un telón invisible se hubiera levantado de golpe y me dejara ver la realidad: todo a mi alrededor me era completamente desconocido. Las calles, que antes me parecían tan familiares y seguras, ahora se veían diferentes, casi como si estuviera en otro lugar, perdidas en una ciudad ajena. Mi mente, que hasta ese momento estaba totalmente absorbida por la emoción de la cometa, se aclaró en un instante. No sabía dónde estaba, no tenía idea de cómo había llegado allí, ni cómo volver a casa.
El sentimiento de desorientación me golpeó de inmediato, como si me hubieran lanzado un cubo de agua helada. Me quedé allí, en medio de la calle, mirando a mi alrededor como un animalito perdido, con las manos temblorosas y la respiración agitada. Las casas eran diferentes, las calles habían cambiado en un parpadeo y la cometa, que antes había sido mi obsesión, de repente dejó de existir. Ahora, lo único que deseaba con todas mis fuerzas era encontrar el camino a casa. La desesperación me invadió como una ola gigante. ¿Cómo había llegado tan lejos? Sin darme cuenta, un par de lágrimas empezaron a deslizarse por mi rostro. En ese momento, la imagen de mi madre me hizo sentir aún más pequeña y perdida. Lloré con más intensidad.
Justo en ese momento, sentí una mano en mi hombro. Me di la vuelta y me encontré cara a cara con Susy, mi nana, que en un acto digno de una superheroína, había salido a buscarme por toda la ciudad cuando no me encontró en el Jardín. No dijo nada, solo me levantó en brazos como si fuera una pluma y, con una dulzura infinita, me llevó de vuelta a casa. Yo, entre aliviada y avergonzada, me aferré a ella como si fuera mi salvavidas.
Pero lo bueno llegó cuando finalmente llegamos a casa. Al verme, mi madre, que había estado en reposo absoluto debido a su embarazo, me abrazó con esa calidez que solo una madre sabe dar. Un abrazo que me devolvió el aliento y me hizo sentir que todo estaba bien. Pensé que todo había pasado, que había pagado el precio de mi pequeña escapatoria y que lo que seguía sería solo cariño y mimos. Pero, claro, mi madre, que no solo era la reina de la paciencia, sino también de la disciplina, tenía algo más en mente.
Sin previo aviso, me dio el primer golpe de mi vida. Una nalgada que resonó en el aire como un tambor, un sonido tan fuerte que estoy segura de que todo el barrio lo debió haber escuchado. Me quedé petrificada, como una estatua, sin saber si debía reír o llorar. “¡Para que aprendas a no desaparecer nunca más sin avisar!”. me dijo mi madre, sin levantar la voz, como si se tratara de una simple instrucción, no de una sentencia de vida. Luego, como si fuera lo más natural del mundo, añadió con rostro serio: “Nunca más las aventuras sin rumbo”.
Ahí estaba yo, frotándome la parte dolorida con la mirada perdida, entre la sorpresa y el arrepentimiento, pero al mismo tiempo invadida por una extraña y reconfortante sensación de alivio, como si el peso de la incertidumbre se hubiera aligerado. Susy, al verme tan confundida y ensimismada en mis pensamientos, no pudo evitar una sonrisa que iluminó su rostro. Con ese tono bromista que siempre la caracterizaba, me miró y dijo: “Si alguna vez decides embarcarte en una aventura, me llevas contigo. Así, al menos, podremos comprar un mapa a tiempo para no perdernos y, tal vez, evitar que te den una futura nalgada”.
En ese momento, pensé: “¡Vaya forma de aprender que no todas las carreras valen la pena y que el jardín de infantes no es el único lugar donde se deben seguir las reglas!”. La nalgada, aunque sonora, me dejó una lección clara, como si me la hubieran escrito en letras gigantes: nunca más debía correr tras una cometa sin saber a dónde iba. Y si alguna vez la curiosidad me arrastraba hacia nuevas aventuras, me aseguraría de tener compañía.