Dorys Rueda

 

En 2001, recibí una invitación para visitar las instalaciones del Bachillerato Internacional en Cardiff, Reino Unido. Tres de mis amigas profesoras que rondaban los 30 años y sin pareja en ese momento, me pidieron un favor que, digamos, se salía un poco de lo común. No, no era un encargo intelectual como “trae una foto de las instalaciones del Bachillerato Internacional” ni algo relacionado con el sistema educativo británico. No, lo que me pidieron fue algo mucho más práctico y, por decirlo de alguna manera, con un toque místico: si iba a Londres, ¡Lanzaría una moneda a la fuente de agua en Covent Garden! con la esperanza de que ellas encontraran una pareja. Porque, ¿quién no confiaría sus deseos a una fuente, aunque no tuviera la misma fama que la Fontana di Trevi en Roma? Después de todo, el agua era la misma, ¿no? Tal vez menos conocida, pero al fin y al cabo, el agua es agua, pensaba yo.

Como si el destino estuviera jugando conmigo, mis amigas ya tenían un plan B en caso de que Covent Garden no resultara tan accesible como esperábamos. Si la fuente ornamental de Londres no estaba cerca o si el tráfico londinense decidía desafiarme, debía dirigirme a Hyde Park, el parque real más grande del centro de Londres. Un lugar donde, además de perderme entre los árboles y el paisaje, encontraría dos lagos con el mismo propósito: lanzar una moneda y pedir un deseo. Mi mente, entre la incredulidad y el asombro, no dejaba de preguntarse si Londres albergaba una red secreta de "fuentes místicas", como parte de algún tour espiritual no oficial. Lo más curioso de todo era que las monedas que debía lanzar no serían libras, sino los viejos sucres que mis amigas me dieron, esos que ya no tenían valor en el mercado debido a la dolarización en Ecuador, pero que en mi bolso se sentían más como amuletos de esperanza. Con esos sucres, lanzaría los deseos de mis tres amigas, confiando en que la magia del agua hiciera su trabajo.

Luego de visitar las instalaciones del Bachillerato Internacional y pasar unos días en Cardiff, regresé a Londres por la mañana. Lo primero que hice no fue visitar el Museo Británico ni la Torre de Londres, con su historia de reyes, reinas y hasta fantasmas o el famoso London Eye, esa rueda gigante que permite ver la ciudad desde las alturas. No, lo que realmente ocupaba mi mente era cumplir con la misión que mis amigas me habían encargado. Me dirigí a Covent Garden que no quedaba muy lejos de donde me hospedaba.

Cuando llegué, me encontré con lo que ya imaginaba: turistas por todas partes. La atmósfera era tan típicamente londinense que hasta el aire parecía estar impregnado de souvenirs y de cámaras de fotos apuntando sin cesar hacia los artistas callejeros, que ofrecían su talento como si fueran una atracción turística más. En medio de la multitud, mientras me dirigía a la fuente ornamental, un hombre que bien podría ser mi padre, o tal vez un poco mayor, se acercó con una energía que no esperaba.

Era de nacionalidad india y en un inglés impecable, me ofreció su ayuda, asegurando que podía servirme de guía dentro del parque, ya que él solía ir todos los días a distraerse allí. Según me explicó, Covent Garden era su lugar de escape, un rincón en el que encontraba tranquilidad en medio del ajetreo de la ciudad.

A medida que nos acercábamos a la fuente, el hombre observó cómo los turistas lanzaban monedas al agua y comentó: “Mire cómo la gente viene a confiar sus deseos al agua. Es curioso cómo, a pesar de la multitud y el bullicio, todos se toman un momento para realizar este pequeño ritual”. Luego, se inclinó hacia la fuente y añadió: “Las monedas que se lanzan aquí no son solo monedas. Para muchos, representan algo mucho más profundo que un simple gesto. Cada una lleva consigo una historia, un sueño, una petición personal que se va con ella hasta el fondo”.

Me explicó que esta tradición no era exclusiva de Londres, sino que se encontraba en muchos lugares del mundo, como un hilo invisible que conectaba a las personas a través de un acto tan sencillo como lanzar una moneda al agua. Según él, lo más fascinante de este ritual era cómo, en su simplicidad, las personas se sentían profundamente conectadas con el acto, como si el agua fuera un canal misterioso capaz de hacer realidad los deseos más secretos. "Es un gesto simbólico", añadió, con una mirada que podría haber sido de sabiduría ancestral, "de entregar algo material a cambio de algo intangible, como si el agua pudiera devolver algo mucho más valioso".

En ese instante, allí, frente a la fuente, me sentí parte de una tradición que abarcaba generaciones y continentes. Era el momento ideal para cumplir con la tarea que me habían encomendado mis amigas. Saqué las tres monedas de mi bolso y me concentré para alinear mis pensamientos y asegurar que mis deseos llegaran al destino correcto.

Con la solemnidad que cualquier tradición milenaria merece, comencé a lanzar una moneda tras otra, cada una acompañada de un deseo. Pensé en cada una de mis amigas y en su visión única del "amor ideal". En mi mente, susurré: "Que fulanita encuentre a su media naranja", "Que zutanita finalmente encuentre el amor que tanto ansía", "Que menganita se enamore de la persona correcta". Al final, regresé al hotel con una sonrisa plena, segura de que había cumplido la promesa que les había hecho.

Regresé al país. Pasaron los meses, luego los años y curiosamente, ninguna de mis amigas encontró pareja. No dejo de pensar que el destino tiene un sentido del humor un tanto caprichoso. Yo, que había lanzado las monedas por cada una de ellas, pero no había lanzado la mía, fui la única que encontró pareja.

Mi esposo, al escuchar por primera vez esta historia, con su típica lógica de hombre práctico, siempre dispuesto a encontrar una explicación para todo, me miró sonriendo y me dijo: "A ver, si lo piensa bien, como usted lanzó los sucres, tuvo tres oportunidades más que sus amigas. ¡Cada moneda representaba una nueva chance!" Y añadió, con su tono característico: "Además, como esos sucres ya no circulaban en Ecuador, parece que el destino no estaba muy dispuesto a cumplir deseos basados en monedas que ya habían perdido su valor. ¡Solo los deseos lanzados con monedas de curso legal deben haber tenido poder!" Entre risas, entendimos que, a veces, el destino tiene sus propias reglas y, al parecer, una clara preferencia por la moneda corriente.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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