Dorys Rueda
Mi primera sesión de fotos ocurrió cuando tenía cuatro años y, desde que supe que iba a posar para una cámara, una pequeña inquietud comenzó a invadir mi mente. No es que tuviera miedo, pero un montón de preguntas y pensamientos confusos comenzaron a dar vueltas en mi cabeza. “¿Qué es eso de posar? ¿Sentada? ¿De pie? ¿Debería sonreír todo el tiempo o hacer una cara seria como las modelos?”. Mi cabeza no dejaba de pensar en todas las formas en las que podría salir mal. “¿Y si la cámara me toma cuando estoy parpadeando? ¿Y si, en vez de sonreír, hago una mueca rara?”. Todo era tan rápido y confuso que no sabía qué hacer.
El encargado de capturar mi “mejor pose” era el Sr. Cifuentes, un gran amigo de mi papá, muy conocido en la ciudad. Ya estaba allí, esperando con su cámara lista para inmortalizar el momento. Mi mamá, con tanto esmero, me había peinado, dejando caer un cerquillo hermoso sobre mi frente. Mi vestido rosado, confeccionado por ella, brillaba como si estuviera hecho de estrellas y me hacía sentir linda. Al salir de casa, mi mamá me abrazó con ternura y con una sonrisa, me dijo: “¡Eres una princesa!”. Luego, con un toque travieso, añadió: “Una princesa con la energía de un huracán”. Y es que, seguramente, sabía de lo que hablaba, porque la quietud nunca fue lo mío. Todo parecía perfecto, como un sueño hecho realidad. Sin embargo, cuando llegamos al estudio de fotos, la magia empezó a desvanecerse.
Nos llevaron a un cuarto solitario, que no tenía nada de mágico. La habitación estaba medio oscura, como si la luz tuviera miedo de entrar. Y en el centro, una silla alta me esperaba. No era el trono de princesa que yo había imaginado, sino una silla rara, con un respaldo alto. El Sr. Cifuentes, con sus manos grandes y cálidas, me tomó en brazos y me sentó en la silla, pero en el instante en que lo hizo, la ilusión de un “momento perfecto” se deshizo. La silla era dura y mucho más incómoda de lo que había imaginado. Todo mi cuerpo pedía bajarse, pero no podía. Empecé a desesperarme.
Todo en la habitación se sentía raro, como si el tiempo se hubiera detenido. La luz era tan poquita que apenas alcanzaba para iluminar un poco los rincones. Parecía que todo había estado allí olvidado por mucho tiempo. En el centro, había una cámara gigante que no parecía una cámara común. No era como las que veía en casa. Esta tenía un cuerpo de metal que reflejaba las sombras y su lente, tan grande, me observaba sin parar, como un ojo gigante que no dejaba de mirarme.
Lo que más me daba miedo no era la cámara, sino la manta negra que la cubría. Parecía que algo horrible estaba escondido allí. Por un pequeño huequito en la manta, la lente me miraba con una intensidad que me ponía nerviosa, como si estuviera esperando el momento perfecto para atraparme. Sentía que era como una presa y esa cámara era un monstruo que me quería devorar.
Intenté mirar para otro lado, pero no podía. La cámara me miraba con esa lente gigante y fría. Me imaginaba que me decía: “¡Vamos, princesa, no te hagas la valiente, sé que tienes miedo!”. Y me preguntaba: “¿Por qué me dice eso?” ¡Quería gritar! De repente, supe que tenía que correr. Sin pensarlo, salté de la silla y corrí por todo el estudio, como si solo tuviera un objetivo: escapar de ese ojo que no dejaba de mirarme.
Corría de un lado a otro, como si estuviera participando en una carrera de obstáculos, con el Sr. Cifuentes persiguiéndome y mi mamá gritándome que me detuviera y volviera a la silla. ¡Pero yo no quería! ¡Era como entregarme al monstruo de metal! Ya casi llegaba a la entrada de la casa cuando, de repente, sentí las manos fuertes del Sr. Cifuentes que me levantaban en brazos. Antes de que pudiera decir "¡Ay!", ya me había sentado de nuevo, frente a ese temido monstruo con lente. Un par de lágrimas empezaron a bajar por mi cara, como si cada una fuera una rendición pequeñita al ojo gigante que no dejaba de mirarme.
Mi mamá, avergonzada, se disculpaba con el Sr. Cifuentes mientras limpiaba mis lágrimas antes de que cayeran sobre mi precioso vestido. Al notar que no despegaba la mirada del lente de la cámara, me preguntó si me daba miedo. Al decirle que sí, comenzó a hablarme suavemente.
"Escucha, hija", dijo mi mamá, con una sonrisa cálida. "Hay una historia de Otavalo sobre una niña llamada Nina Paccha. Ella vivía con su amigo Guatalquí en un lugar donde todo era tan bonito y el maíz crecía mucho. Pero un año, la lluvia no vino y todo se secó. Los ancianos dijeron que una niña debía ir al volcán para que lloviera y Nina fue la elegida porque era muy buena. Pero Nina y Guatalquí se querían mucho y no querían separarse. Así que una noche, corrieron juntos muy rápido. Mientras lo hacían, Nina supo que tenía que hacer algo para salvar a su gente. Cortó su trenza y le dijo a Guatalquí que corriera sin mirar atrás, porque si lo hacía, ella se perdería para siempre. Cuando los dioses los alcanzaron, Nina se transformó en la hermosa Laguna de San Pablo. Guatalquí, muy triste, se convirtió en el árbol ‘El Lechero’, que siempre permanece junto a la laguna para cuidar a Nina".
Mi mamá, ahora más sonriente, me dijo: "Mira, la cámara es como el lazo que unió a Nina y Guatalquí. Aunque no lo podamos ver, siempre los mantiene juntos, igual que la cámara guarda los momentos especiales de nuestra vida. No tienes que temerle, porque la cámara no hace daño, solo conserva lo bonito, lo que queremos recordar".
En ese momento, ya no me dio miedo la cámara. Pensé que, como el lazo que unió a Nina y Guatalquí, la cámara guardaba un pedacito de mi vida. Y justo en ese momento, el Sr. Cifuentes apretó el botón y la foto se tomó, convirtiéndose en un recuerdo bonito que quedaría conmigo.