Dorys Rueda
Tuve la oportunidad de asistir a la obra de teatro La Misma Sangre y, como ecuatoriana, me conmovió profundamente.
La obra, dirigida por Sebastián Cordero, revive a los icónicos personajes de la película: Ratas, Ratones y Rateros después de 25 años, sumergiéndonos en un reencuentro cargado de drama, humor y una intensa reflexión sobre la identidad, el paso del tiempo y las tensiones sociales del país.
Uno de los aspectos más poderosos de la puesta en escena es cómo explora la conexión entre generaciones, revelando la intersección entre las historias personales y la memoria colectiva del Ecuador. La obra nos enfrenta a las cicatrices del pasado, a las lecciones que se repiten y al peso de la herencia cultural, familiar y política. Más allá de la trama, Cordero construye un espacio donde se examinan valores, miedos y sueños que, de manera sutil, se transmiten entre familias y comunidades, configurando un retrato profundo de nuestra sociedad.
Las actuaciones de Carlos Valencia y Marco Bustos son impresionantes. Valencia, con su carisma y profundidad emocional, da vida a un personaje que equilibra la dureza de la vida con la fragilidad de los recuerdos, logrando una presencia imponente en el escenario. Bustos complementa su actuación con una interpretación matizada que muestra la evolución de su personaje con gran sutileza. Juntos, crean una química intensa que potencia la carga emocional de la obra, convirtiendo este reencuentro en un relato profundamente humano y actual.
La Misma Sangre no es solo teatro: es un espejo de nuestra realidad, un recordatorio de quiénes somos y de cómo nuestra historia sigue marcando nuestro presente. Una experiencia teatral imperdible que golpea, emociona e invita a la reflexión.