Dorys Rueda
A lo largo de mi vida, he tenido el privilegio de estar rodeada de mujeres cuya influencia ha sido tan profunda como la de cualquier figura histórica, aunque sus nombres nunca hayan figurado en entrevistas ni en los medios. Hoy quiero rendir homenaje a las mujeres de mi familia, aquellas que, aunque han permanecido fuera del foco público, han sido esenciales en la preservación de nuestras tradiciones y en la formación de las nuevas generaciones. Este homenaje es para ellas, las heroínas cuya sabiduría, fortaleza y dedicación han dejado una huella invaluable en mi vida y en la identidad de mi familia.
María Angelita Hidalgo Godoy
Mi abuelita, María Angelita Hidalgo Godoy (1895-1987), es un claro ejemplo de una mujer cuya huella perdura en nuestra familia, a pesar de que su nombre nunca haya figurado en los libros de historia. A los 21 años, se casó con Julio Rodríguez, nuestro abuelito, y tuvo diez hijos, de los cuales ocho sobrevivieron. A lo largo de su vida, enfrentó más desafíos que una heroína, pero en lugar de capa, empuñaba una pala y un azadón. Vivió en Tumbaco, un pequeño pueblo en la provincia de Pichincha, Ecuador, que para ella no solo era su hogar, sino su campo de batalla cotidiano. En su propiedad, cultivaba con gran esmero aguacates, chirimoyas, mandarinas, limones, guabas, café, higos y capulíes. Además, se encargaba de sembrar los nardos, que vendía por campanas y de preparar los semilleros de col. A sus ocho hijos, incluida mi madre, les enseñaba a valorar sus raíces, a cuidar la tierra que los sustentaba y a ser generosos con quienes tenían menos.
También enseñaba a sus hijas y nietas que ser esposa y madre implicaba atender al esposo y cuidar de los hijos, pero lo esencial era que la mujer debía ser independiente y capaz de valerse por sí misma. Sin embargo, su mayor legado fue la inspiración que brindó a sus hijos para que buscaran un futuro mejor a través de la educación. Les transmitió que la verdadera transformación no ocurría siempre en los grandes momentos ni en los campos de batalla, sino en los lugares más humildes: en las aulas. Allí, decía, es donde se forjaban los hombres honestos y los futuros líderes. Si ella hubiera sido profesora, sin duda habría creado su propia cátedra titulada "Cómo formar generaciones de buenos maestros" y las aulas se hubieran llenado, no tengo la menor duda.
Su legado es inmenso. Casi todos sus hijos se convirtieron en maestros y lo mismo ocurrió con nosotros, sus nietos. Así que sí, vengo de una familia de educadores y no es casualidad, es casi un mandato.
María Angelita Rodríguez Hidalgo y su esposo Ángel Rueda Encalada
Otra mujer a la que rindo homenaje es mi madre, doña María Angelita Rodríguez Hidalgo (1925-2022), quien, con más sabiduría que cualquier ministro de educación, impulsó la educación de sus cuatro hijos. Auxiliar de enfermería en la Clínica Mosquera, profesora ocasional y modista de corazón, dejó Quito cuando se enamoró de mi padre y se mudó a Otavalo. Desde que empezamos el Jardín de Infantes, se convirtió en nuestra profesora extraoficial, tomando el control de nuestras tardes y dándonos clases que iban mucho más allá de los libros. Era una mujer que, con solo una mirada, lograba que dejáramos de hacer cualquier travesura, imponiendo el silencio más rápido que cualquier castigo moderno.
Además de enseñarnos historia o matemáticas (que, siendo honesta, no siempre era lo mío), mi madre también nos mantenía conectados con nuestras raíces. Nos contaba las leyendas e historias de Ecuador, brindándonos una verdadera lección de amor a la patria. Pero no solo era la guardiana de las tradiciones, sino también de las costumbres y, por supuesto, de la gastronomía ecuatoriana. Cada historia venía acompañada de una deliciosa comida, porque, como bien sabemos, no hay nada como un buen plato para hacer que una narración sea aún más memorable.
Fue ella, junto con mi padre, quien me inspiró a recopilar y transcribir las leyendas de mi ciudad, una tarea que en su momento no comprendía por completo. Pero gracias a su insistencia y a su capacidad para no dejarme escapar de ninguna responsabilidad importante, hoy me dedico a escribir. Me enseñó que las leyendas no son solo relatos, sino el alma de un pueblo, y que, más allá de los libros, reside una profunda sabiduría en las voces de quienes nos precedieron, en sus historias y vivencias. Sin su impulso, jamás habría comprendido la verdadera importancia de esta labor, ni mucho menos la habría abordado con la pasión y dedicación con la que lo hago hoy. Gracias, mamá, por ser la guardiana de nuestra historia local y por enseñarme a ser la voz que la preserva.
Susana Mediavilla y su esposo, junto a Dorys Rueda y a Soraya Andrade
Otra mujer a la que rindo homenaje es mi nana, Susy Mediavilla, una jovencita de tan solo 13 años que, con una valentía impresionante, decidió separarse de sus padres para comenzar a trabajar. A esa edad, con toda la vida por delante, podría haber elegido cualquier camino, pero en lugar de eso, se presentó en la casa de mis padres con una disposición para el trabajo que muchos adultos envidiarían. Sin pensarlo dos veces, se convirtió en la asistente personal de mi madre, cuidando no solo de la casa, sino también de mis dos hermanos y de mí, asumiendo un rol que, a su edad, debió haber sido abrumador.
Con una madurez sorprendente para su corta edad, Susy asumió grandes responsabilidades. Cuando mi madre enfermaba y debía viajar a Quito para hospitalizarse, a veces por semanas, era ella quien se encargaba de nosotros. Con el tiempo, se convirtió en la figura central de nuestra niñez, encargándose de nuestra educación, cuidados e incluso de regañarnos, siempre con un amor incondicional. Aunque ella insiste en que fuimos niños modelo, bien sabemos que no fue así.
Estuvo con nosotros durante muchos años y, aunque se fue de casa cuando encontró el amor y formó su propia familia, su huella en nuestras vidas sigue siendo profunda. Hoy es una abuelita cariñosa, adorada por sus nietos, y sigue siendo una parte activa de nuestra familia. Un momento especialmente significativo para mí fue el 22 de octubre de 2024, cuando mi nana me acompañó al lanzamiento de mis libros en la Cámara de Comercio de Otavalo. En ese evento, ella estuvo allí, representando a mis padres, ocupando un lugar único en mi corazón.
Gladys Rueda y su hijo Gonzalo Rubio
Otra mujer a la que rindo homenaje es mi hermana Gladys Rueda (1953-2001).
A los 24 años, su pasión por el séptimo arte era desbordante, algo que, a mis 16, no entendía en absoluto. Mientras ella se sumergía en el cine, disfrutando de Chaplin y Cantinflas, yo solo veía situaciones cómicas y chistes fáciles, lo que no me parecía nada interesante. Pero la quería tanto que veía esas películas con ella, sin saber que mi hermana tenía una astucia impresionante. Aprovechaba esa desconexión entre nuestros intereses para involucrarme, de manera sutil, en su fascinación por el cine, como quien siembra una semilla sin que se dé cuenta.
Ella era una experta en desentrañar el humor. Para ella, no se trataba solo de la broma o el chiste en sí, sino de los matices ocultos detrás de cada gesto, expresión y palabra. Pasaba horas desglosando una película, casi como si tuviera una lupa, analizando desde las reacciones más sutiles de Chaplin hasta las situaciones de Cantinflas que, a simple vista, podían parecer solo un cúmulo de situaciones cómicas. Lo que para mí eran solo tropiezos y risas, sin mucha profundidad, para ella era una clase magistral de comedia, llena de crítica social y reflexiones que se escondían en cada momento hilarante.
Recuerdo aquella tarde en que estábamos viendo El vagabundo de Chaplin y Gladys comenzó a reflexionar sobre el personaje. "Es que, mira", me decía, "Charlie Chaplin utiliza el silencio y las expresiones físicas para comunicar emociones profundas y transmitir críticas sociales. Con su silencio, transmite más que mil palabras. Es una forma silenciosa de mostrar cómo la gente lucha contra el sistema, sin decir ni una palabra." Y, con la misma pasión, añadía: "Luego veremos a Cantinflas y verás que lo que él hace no es solo tropezar, es cómo usa el lenguaje y la ironía para reflejar las contradicciones de la sociedad".
Durante aquellas largas tardes con canguil, mi hermana despertó en mí el amor por el cine. Lo que al principio veía como una simple rutina de películas que no lograba entender, con el tiempo se convirtió en una pasión por descubrir los matices y significados profundos de cada historia. Hoy en día, no solo disfruto del cine, sino que, al igual que con un buen libro, me convierto en un espectador activo, buscando interpretar sus "páginas" visuales y sonoras.
Cada película, como un buen libro, está llena de símbolos, diálogos, silencios y gestos que requieren un análisis atento para captar su verdadera esencia. El cine, al igual que cualquier obra literaria, es una construcción de significados que va más allá de lo superficial, permitiéndonos explorar no solo las tramas evidentes, sino también las dinámicas psicológicas, culturales, sociales y emocionales que se desarrollan en su interior. Como con un buen libro, el cine nos invita a leer entre líneas y a entender el lenguaje visual y auditivo como un sistema de comunicación tan profundo y rico como el de cualquier obra literaria.
Gracias a mi hermana, el cine dejó de ser solo una forma de entretenimiento y se transformó en un espacio de análisis, reflexión y disfrute intelectual.