Dorys Rueda
La escritura ha sido el hilo conductor de mi vida, un puente que me ha conectado profundamente con mi identidad desde los primeros días de la universidad. A través de las palabras, he podido dar forma a aquello que a veces no encontraba manera de expresar en voz alta. Cuando comencé a adentrarme en las leyendas de mi provincia, descubrí mucho más que un simple espacio de aprendizaje; encontré una puerta abierta a mis raíces, un medio para reflexionar sobre las lecciones de aquellos que me precedieron y darles voz a historias olvidadas. Con el tiempo, la escritura pasó de ser una mera actividad creativa para convertirse en un refugio donde mis pensamientos se concentran exclusivamente en el aquí y ahora, permitiéndome conectar con lo más profundo de mí misma y comprender mejor mi propio ser.
Hace dos años y medio, lo que comenzó como una cita médica rutinaria se transformó en un punto de inflexión en mi vida. Como todos los años, me sometí a los exámenes de control, confiada en que todo estaría bien. Sin embargo, esta vez la ecografía reveló algo inesperado, a pesar de que la mamografía no mostraba señales alarmantes. Al principio, intenté restarle importancia, pero pronto mi vida dio un giro drástico.
Mi ginecóloga me recomendó someterme a un procedimiento para descartar la posibilidad de que se tratara de un tumor maligno de mama. Las palabras "certeza" y "biopsia" resonaron en mi mente y me inquietaron. Me derivó a un médico con una vasta experiencia, quien me recibió con amabilidad. Antes de comenzar el examen, observó detenidamente la imagen en la pantalla y, con una firmeza que no dejaba lugar a la duda, me dijo: "Esto es cáncer". En ese preciso instante, sentí como si el tiempo se detuviera. Me quedé paralizada, incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar. Me preguntaba cómo podía estar tan seguro de algo tan definitivo sin haber realizado la biopsia. Con un hilo de esperanza, decidí preguntarle. Él me explicó que su experiencia le permitía reconocer el problema solo con observar la imagen. Aunque intenté entender su enfoque, sentí que algo tan delicado requería un trato más empático y que la forma en que me transmitió la noticia no reflejaba la sensibilidad que el momento requería.
El examen comenzó con la aplicación de la anestesia local. Al percatarse de que había sido poco sutil al comunicarme el diagnóstico, el médico intentó aliviar mi tensión compartiendo historias de otros pacientes que también luchaban contra el cáncer. Sin embargo, en lugar de calmarme, esos relatos tuvieron el efecto contrario, incrementando mi ansiedad. Lo que al principio era solo miedo, pronto se transformó en pánico. Al ver la angustia reflejada en mi rostro, el médico guardó silencio. Al terminar el examen, justo antes de que saliera del consultorio, se despidió y, con tono grave, dijo: "Quiera Dios que no sea cáncer". En lugar de ofrecerme consuelo, sus palabras profundizaron mi incertidumbre, como si la esperanza se deslizara lentamente entre mis dedos, desvaneciéndose poco a poco.
Una semana después, la confirmación llegó. "No tengo buenas noticias", me dijo mi ginecóloga con una expresión seria. Aunque no fue un golpe tan abrumador en ese momento, ya que había aceptado la posibilidad de la enfermedad desde el instante de la biopsia, lo que realmente me preocupaba ahora era cómo lidiar con el miedo que comenzaba a apoderarse de mí. Sabía que dejarme consumir por ese temor solo dificultaría aún más el proceso. Era crucial mantener la calma, porque la ansiedad podría nublar mi juicio y obstaculizar mi capacidad para tomar decisiones y enfrentar lo que estaba por venir.
Compartí la noticia con mi familia y amigos, y me apoyé en Dios y el amor que me rodeaban. Así comenzó un proceso largo y lleno de desafíos. Durante dos años, pasé por dos cirugías y una sucesión interminable de exámenes médicos. Cada consulta, cada prueba, me sumergía más en una espiral de incertidumbre, recordándome constantemente lo impredecible y frágil que es la vida.
Las preocupaciones cotidianas que antes ocupaban mi mente, como las expectativas laborales y los estándares que me había impuesto, comenzaron a desvanecerse, como sombras disipándose frente a una luz más intensa. Las presiones externas, que solían dictar el ritmo de mi vida, perdieron todo poder sobre mi bienestar y mi felicidad. De repente, todo lo que antes parecía urgente pasó a un segundo plano. Lo único que realmente importaba era el simple acto de estar viva: respirar profundamente, caminar, saborear un bocado de comida sin prisa y poder realizar las tareas cotidianas por mí misma. La gratitud por lo más sencillo se convirtió en mi fuerza interior, recordándome que, incluso en medio de la adversidad, la vida, en su forma más pura, es un regalo.
Además de la fe y el amor incondicional de mi familia y amigos, hubo algo más que me ofreció un consuelo profundo y una fuerza inmensa: la escritura. Las leyendas del Ecuador, que había recopilado durante años junto a mis alumnos, se convirtieron en un refugio invaluable. En esos relatos, hallaba una escapatoria, aunque solo fuera por un breve instante, de la cruda realidad de la enfermedad. Al sumergirme en ese mundo lleno de magia y tradición, mi mente se liberaba de la ansiedad y el estrés que me acosaban. Me permitía desconectarme de la constante preocupación y del sufrimiento físico, enfocándome en un espacio donde todo parecía más ligero, donde el dolor se transformaba en algo más manejable, más tolerable.
La escritura, que siempre había sido mi herramienta para plasmar pensamientos y emociones, se convirtió en una poderosa terapia sanadora. Cada palabra y cada frase no solo me conectaban con mis raíces, sino que también ofrecían un refugio, un espacio donde podía enfrentar mis miedos, frustraciones e incertidumbres. Al sumergirme en las leyendas, me adentraba en un mundo donde las adversidades se transformaban en historias de superación, donde los personajes, a pesar de las situaciones extremas que enfrentaban, siempre encontraban la manera de seguir adelante.
Esa conexión entre las leyendas y mis emociones me permitió encontrar un sentido profundo a lo que estaba viviendo. En esas historias, descubrí una reflexión poderosa sobre la resistencia humana, que me mostró que la lucha contra el cáncer no era solo una batalla física, sino también una oportunidad para fortalecer mi ser interior. A través de las palabras, pude reescribir mi propia historia, encontrar esperanza en medio de la tormenta y aprender que, al igual que los personajes de las leyendas, siempre hay un camino hacia la superación, por difícil que sea el trayecto.
Hoy, al mirar atrás, me doy cuenta de que esta historia no es solo mía, sino la de todos aquellos que hemos recorrido el desafiante camino de una enfermedad que nos pone a prueba en cada paso y nos enseña a encontrar nuestras propias formas de enfrentar el dolor, la incertidumbre y el miedo. Cada uno de nosotros halla su propio camino para sobrellevar la adversidad, ya sea a través de la fe, el arte, la meditación, el amor de la familia o el apoyo incondicional de nuestros amigos, y en mi caso, a través de la escritura. Estas vivencias nos enseñan que no existe una única forma de resistir. Cada experiencia, por difícil que sea, se convierte en una oportunidad para descubrir fuerzas tanto dentro de nosotros mismos como en aquellos que nos rodean.