Dorys Rueda

 

Dentro del antiguo y vasto repertorio de relatos quiteños, no podía faltar una leyenda en la que la mujer ocupa un lugar central. Esta historia se remonta al Quito del siglo XVII, una ciudad de calles empedradas, campanas insistentes y fe profunda, donde vivía una hermosa mujer, hija de padres chilenos, conocida con el tiempo simplemente como la Chilena.

Se había casado también con un hombre de origen chileno, de carácter recio y mirada vigilante, dominado por unos celos que no conocían descanso. Aunque decía amarla, su amor estaba atravesado por la desconfianza y el temor constante a la traición. Cuando asuntos de trabajo lo obligaron a alejarse de su hogar, dejó atrás una casa inquieta y un corazón lleno de sospechas.

Durante la ausencia del esposo, la mujer enfermó gravemente. Su cuerpo se fue debilitando día tras día, hasta que el dolor y la fiebre la llevaron a temer por su vida. Sintiéndose sola y vulnerable, pidió la presencia de un confesor.

El marido regresó de manera inesperada, furtiva y abrupta. Entró a su casa sin anunciarse, impulsado por una inquietud que no supo explicar. Allí, en un instante fatal, vio al fraile junto a su esposa. Era una escena de recogimiento y asistencia espiritual, pero sus ojos, cegados por los celos, interpretaron lo que no era.

Sin detenerse a escuchar ni a comprender, asesinó primero al religioso y luego a su esposa, convencido de una infidelidad que nunca existió. La tragedia alcanzó su punto más oscuro cuando, en medio del desvarío, dio muerte también a su propio hijo, que se encontraba en brazos de un pariente cercano.

Tras cometer los crímenes, el hombre huyó hacia el Oriente. Durante años vivió en la pobreza y el abandono. Se dice que nunca encontró descanso: su vida se fue consumiendo entre el remordimiento, el deterioro moral y la ruina económica..

Pasado mucho tiempo, regresó a Quito. Caminó por calles que ya no le pertenecían y entró en su antigua casa, ahora envejecida y silenciosa, como si las paredes aún guardaran el eco del horror vivido. Apenas cruzó el umbral, la tierra comenzó a estremecerse. Un rugido profundo, nacido desde las entrañas de la montaña, sacudió la ciudad. El volcán Pichincha había despertado.

Desde lo alto, ríos de lava incandescente descendieron entre el estruendo, iluminando la noche con un resplandor rojo y cruel. El cielo se oscureció bajo una nube de humo y polvo, mientras Quito se hundía en el miedo y la confusión.

En medio del sismo y del fuego, el hombre no tuvo escapatoria. La lava avanzó sin piedad, envolviendo la casa que había sido testigo de su crimen. Allí, entre el temblor de la tierra y el ardor del volcán, encontró su final, destrozado por la fuerza de la naturaleza, como si el mismo Pichincha reclamara justicia por la sangre derramada.

Desde entonces, la historia de la Chilena permanece viva en la memoria de la ciudad. Se cuenta como advertencia sobre los celos desmedidos, la violencia nacida de la sospecha y las decisiones tomadas sin escuchar la verdad. Porque en Quito, las leyendas no solo se narran: permanecen, recuerdan y enseñan, incluso cuando el tiempo intenta cubrirlas de silencio.

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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