Informante oral: Myriam Rocío Tipán Pachacama 
Recopilación:  Myriam Tipán y Marco Guamán 
Dorys Rueda, 2022
 
 
 

Yo, Myriam Rocío Tipán Pachacama, voy a contarles una historia que me ocurrió en Rumiloma cuando tenía nueve años y mi hermanita, once.

Eran tiempos en que el agua todavía no llegaba por tuberías, sino que se traía por los caminos de tierra. Éramos niñas, pero en casa ya nos confiaban tareas de grandes. Ir al barranco por agua formaba parte de nuestra rutina.

Esa tarde el cielo estaba gris y el camino estaba húmedo y resbaloso. Íbamos hablando de cualquier cosa: de una tarea sin terminar, de una compañera que nos caía mal, de una señora vecina que siempre gritaba. Nada importante.

Llegamos y llenamos los baldes como siempre.  Fue entonces cuando lo escuchamos.

Al principio creí que lo había imaginado. Pero no. Era el llanto de un bebé. Claro, insistente, muy cerca. Era un bebé llorando de verdad. Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Oíste? —me dijo mi hermana en voz baja.

Yo solo asentí, porque de pronto hablar me parecía demasiado difícil.

El llanto continuaba, desesperado, con esa urgencia que tienen los niños cuando necesitan que alguien los cargue. Lo primero que pensamos fue que alguien lo había abandonado. Esa idea nos dolió. No pensamos en peligro; pensamos en ayudar. Dejamos los baldes a un lado y empezamos a buscar siguiendo el sonido.

Pero mientras avanzábamos entre los matorrales, el ambiente se volvió denso, extraño. El llanto ya no sonaba igual. Parecía moverse. Lo escuchábamos a la izquierda, luego a la derecha. Girábamos y, de pronto, parecía estar detrás de nosotras. Era como si no viniera de un solo lugar, como si el sonido jugara a despistarnos. Dábamos unos pasos y parecía alejarse; intentábamos ubicarlo y cambiaba otra vez. Hasta que, de repente, se apagó.

Luego un silencio espectral abrazó el lugar. No se oía nada. Ni pájaros. Ni agua. Solo nuestra respiración.

Y entonces lo vimos.

Era un animal espantoso: un lobo grande. Lo terrible no era solo su tamaño, sino que no parecía apoyarse con firmeza en el suelo. Parecía que flotaba.

Sus ojos eran blancos, un blanco opaco sin brillo. Nos miraban fijo. Sentí que no estaba viendo un animal común. En segundos, sus ojos empezaron a tornarse rojizos, como si una brasa encendida los iluminara desde dentro.

Ya no escuchábamos el llanto del niño. Quise correr. Lo intenté, pero mis piernas no respondieron. Mi hermana estaba igual de rígida.

Y así como apareció, el lobo desapareció. No saltó ni huyó entre los árboles. Simplemente dejó de estar allí, como si la vegetación lo hubiera absorbido.

Intentamos calmarnos, pero no sabíamos qué hacer. Entonces escuchamos, a lo lejos, la voz de nuestra hermana mayor gritando nuestros nombres. Su voz era de preocupación, casi de desesperación.

Quise responder, pero sentía la garganta seca, cerrada. Mi hermana tampoco podía hablar. Caminamos torpemente hacia la voz hasta que ella apareció entre los árboles. Nos miró extrañada y dijo que estábamos pálidas.

Nos tomó de las manos y regresamos a casa.

Desde aquel día, cada vez que mi hermana y yo escuchamos llorar a un bebé, en cualquier lugar o circunstancia, nos estremecemos. La memoria nos lleva de nuevo a Rumiloma, a ese camino húmedo del barranco donde se nos apareció el lobo.

 

 

 Informante oral

Myriam Rocío Tipán Pachacama nació el 12 de octubre de 1983, en Quito. Actualmente vive en Amaguaña, es ama de casa y trabaja en una ferretería.

 

 
 

 

Visitas

005988991
Today
Yesterday
This Week
Last Week
This Month
Last Month
All days
2133
5316
12130
5938055
165956
163629
5988991

Your IP: 167.114.139.197
2026-03-31 09:38

Contáctanos

  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

Siguenos en