
Esta historia me la contó en noviembre de 2022 mi alumno Ángel Regalado, quien, a su vez, la había recibido de la señora Alba Varela.
La leyenda comienza así:
Hace muchos años atrás, un hombre que se dedicaba a la venta de pollos trabajaba en la noche en su establo, colocando las aves en unos cajones de madera para poder trasladarlas y venderlas al amanecer en el mercado del pueblo. Eran alrededor de las doce de la noche. El ambiente era sombrío y silencioso. Los únicos sonidos provenían de las aves y de los cajones de madera que crujían. El aire estaba impregnado del olor a heno y plumaje. Trabajaba rápido, consciente de que debía terminar pronto para conseguir algún transporte que llevase a sus pollos.
La carretera que a esa hora estaba desierta, estaba a pocos pasos del cobertizo. Cuando salió a echar un vistazo, observó que un carro se acercaba velozmente. El resplandor de los faros se hacía cada vez más intenso, iluminando el camino polvoriento y los grandes árboles que estaban al costado del camino. Regresó al galpón, rumiando en voz alta: “¡Un pequeño camión se aproxima! Mi Dios, sacaré los cajones de pollos, aunque no sé si pueda hacerlo solo, porque no tengo quién me ayude.” En ese momento, escuchó el ruido de un motor de carro que se hacía cada vez más fuerte en la quietud de la noche. Ahora, la luz de los faros se proyectaba como sombras fantasmales en las paredes del cobertizo. La llegada del vehículo era cuestión de segundos.
Salió a hacerle señas al conductor para que se detuviera, pero vio que el carro todavía estaba lejos. Frunció el ceño y tuvo un mal presentimiento. Empezó a preguntarse por qué el vehículo que había estado tan cerca ahora estaba distante. Él había visto cómo el resplandor de la luz se había proyectado en el galpón, pero ahora esa misma luz estaba muy lejos. De igual forma, minutos antes había escuchado el sonido del motor anunciando que estaba cerca, pero ahora ese mismo sonido era un rugido lejano que casi no se oía. Le daba la impresión de que el carro avanzaba y retrocedía al mismo tiempo. Se arrimó a la pared de entrada del establo en un intento de discernir lo que ocurría, pero no encontró ninguna explicación lógica.
El viento empezó a soplar fuerte, como susurrando secretos a través de las ramas de los árboles. Luego parecían lamentos y después, aullidos feroces que rasgaban la oscuridad. Sintió mucho miedo y un frío helado le recorrió el cuerpo. Algo fuera de lo común estaba sucediendo. La garganta se le secó y no pudo pronunciar ni una sola palabra. Angustiado al extremo, entró al cobertizo a tranquilizarse. Terminó de alistar los pollos y después de un corto tiempo, las cajas estaban perfectamente alineadas para ser cargadas.
De pronto, al mirar de reojo hacia afuera, miró cómo un pequeño camión, en un abrir y cerrar los ojos, se estacionaba frente a la puerta del galpón. Salió apresurado, en el momento en que el conductor se bajaba del vehículo. Este era alto, de piel blanca y tenía una larga barba que le llegaba hasta el pecho. Su mirada era penetrante, como como si sus ojos pudieran ver su alma. Llevaba un abrigo negro que se agitaba por el viento nocturno. Al acercarse, sus pasos resonaban y el mismo suelo temblaba bajo su peso. Cuando habló, su voz era tan fuerte que parecía sobrehumana, haciendo que las aves en el establo se movieran inquietas. Le preguntó para dónde iba.
El dueño de los pollos le contestó que se dirigía al pueblo a vender sus aves. Entonces, el hombre esbozó una gran sonrisa y con un gesto cortés le invitó a subir al transporte. Justo en ese momento aparecieron algunas personas que le ofrecieron su ayuda. Todos eran varones y llevaban una capucha negra que les cubría el rostro. Se quedó atónito, sin poder hablar, mirando como esos extraños cargaban los cajones de pollos con una destreza sorprendente. Luego, así como aparecieron, de la nada, desaparecieron en medio de la penumbra, cuando el último cajón estuvo en su lugar.
El hombre se sentó en el vehículo junto al conductor misterioso que le había invitado a subir. El camión era antiguo, con el cuero de los asientos gastados y había un fuerte olor a azufre impregnado en el aire. El silencio reinaba en la cabina del transporte y a medida que avanzaban, el paisaje se tornaba más lúgubre, oscuro y desolado. En ese momento, cuando iban a pasar por una quebrada, escucharon el canto de un gallo que se había escapado de una de las cajas. Cantaba fuerte, anunciando las cuatro de la mañana del nuevo día.
Al escuchar el canto del animal, el hombre que manejaba el vehículo se enfureció de tal manera, que lleno de rabia y frustración dijo: “Gallo maldito, me has hecho la malilla, la trampa. Tu canto aleja a las almas humanas y ya no puedo llevar a mi reino a este sujeto”. Dicho esto, con una fuerza descomunal agarró al hombre por el cuello y lo arrojo a la quebrada junto con los cajones de pollos, mientras el carro aún rodaba por el borde de la carretera. Con voz infernal añadió: “Agradece al gallo que cantó y te liberó. Si no lo hacía, te llevaba con todos tus animales al infierno”.
El hombre, al caer por lo quebrada, se golpeó bastante. Aturdido y en medio del dolor, buscó con su mirada dónde estaban sus aves. Las divisó alrededor suyo y vio que estaban sanas y salvas. Habían salido de las cajas rotas y ahora correteaban por todo lado. En ese momento, escuchó una risa maléfica que provenía de la carretera. Al mirar hacia arriba, lo vio. El conductor del pequeño camión se había transformado en una criatura siniestra que tenía cuernos y cola. Reía y reía sin parar, advirtiéndole que algún día regresaría por su alma.
El hombre, aterrorizado, con el corazón latiéndole fuertemente, se puso de rodillas en el suelo pedregoso de la quebrada. Con los ojos cerrados empezó a rezar fervientemente, intentando alejar el mal que le rodeaba. Cada plegaria era una súplica a Dios y mientras las oraciones fluían, las carcajadas de la malévola criatura se iban perdiendo poco a poco en el aire. Cuando el hombre abrió los ojos, la figura espectral había desaparecido por completo.
A las seis de la mañana, la gente que se dirigía al trabajo escuchó gritos de auxilio que provenían del barranco. Se preguntaron quién podría ser. Al mirar hacia la quebrada, vieron a unas aves que correteaban alrededor de un hombre que no podía moverse. Gritaba, al borde del colapso: “Sáquenme de aquí, por favor. Saquen también a mis animalitos que todavía están vivos.
Las personas bajaron a la hondonada y auxiliaron al hombre y a sus aves. Cuando le preguntaron qué le había pasado, el sujeto contestó que todo había sido obra del diablo y de su camión de la otra vida.
Publicado en la Revista Mundo Visión Magazine