Esta historia la contó don Gumercindo Heredia a su nieto, Máximo Jacinto Heredia, mi alumno, y él me la compartió en el 2022. Sucedió en 1967, cuando Gumercindo era apenas un niño y tenía la responsabilidad diaria de pastorear, como le habían enseñado sus padres.

Aquella tarde, mientras estaba pendiente de sus animalitos, algo le hizo levantar la cabeza. Era música, no cualquiera, sino música de fiesta, de esas que llenan la plaza cuando el pueblo se reúne y las risas se mezclan con los instrumentos. Sonaba tan cercana, que no lo dudó. Dejó a los animalitos donde estaban y salió casi corriendo hacia el lugar de donde venía la música.

Pero mientras avanzaba, la música empezó a apagarse. No de golpe. Fue perdiéndose despacio, como cuando alguien baja el volumen del radio y el sonido se vuelve cada vez más tenue. Él apuraba el paso y, aun así, sentía que la melodía se le escapaba. Era como si la música no quisiera ser alcanzada. Como si, justo cuando parecía estar cerca, decidiera correrse un poco más lejos.

Aun así, no se detuvo. Se metió entre los matorrales, apartó las ramas con las manos, miró hacia un lado y hacia el otro. Buscaba una señal mínima: una risa, un instrumento, una sombra moviéndose. Pero no había nada. Solo ese silencio tan denso, fuera de lo normal.

Muy aturdido, volvió donde había dejado a sus animalitos. Mientras caminaba, buscaba convencerse de que todo había sido imaginación suya, una ilusión del momento.

No había pasado mucho tiempo cuando la música regresó.

Esta vez sonaba más clara. Más cerca.

El corazón le dio un vuelco y volvió a correr. Miró hacia un lado, luego hacia el otro. Caminó unos metros más, apartó los matorrales, se asomó entre las piedras. Ya no buscaba con la misma alegría del inicio. Ahora lo hacía con miedo, con esa inquietud que se siente en el estómago.

Pero otra vez, nada.

No había fiesta.

No había personas.

No había músicos escondidos.

Entonces, llamó a sus animalitos y los reunió con prisa. Ellos también estaban inquietos: movían las orejas y tironeaban un poco, como si quisieran salir de allí cuanto antes. Sin pensarlo dos veces, tomó el camino de regreso al pueblo.

Cuando ya bajaba el sendero, la música volvió. Pero ahora casi no la escuchaba; era como si viniera de un lugar muy apartado.

Se quedó quieto un instante y, esta vez, no la siguió. Algo, muy adentro suyo, le dijo que ya había sido suficiente. Que tres veces no eran casualidad. Que buscarla una cuarta vez no sería valentía, sino peligro.

Apresuró el paso y, cuando vio a lo lejos encenderse las luces de las casas, pudo respirar con calma.

Nunca volvió a pastorear en esa ladera.

Los mayores del pueblo, al escuchar lo sucedido, dijeron que en Sumir Rumi el viento trae, al atardecer, sonidos de fiestas antiguas, ecos de celebraciones que ya no existen. Otros, con voz más baja, hablaban del diablo, que se encarna en la música para llamar la atención de los niños.  Decían que quien sigue esas melodías puede perderse y no siempre regresar.

Desde entonces, en Malchinguí, cuando alguien escucha música en medio del campo y no ve a nadie, el consejo es el mismo: mejor no seguirla.

 

Informante oral

Gumercindo Heredia nació el 12 de enero de 1957, en Malchinguí. Es el primero de 10 hermanos. Trabajó en una florícola durante 30 años y actualmente se encuentra jubilado. Es casado y tiene ocho hijos.

 

 

 

 
 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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