Dorys Rueda

 

La Llorona es una de las leyendas más conocidas y aterradoras de México, cuya historia ha sido transmitida a través de generaciones. Se dice que se trata del espíritu de una mujer que, después de perder a sus hijos en circunstancias trágicas, vaga por ríos y caminos solitarios, llorando y gritando desconsoladamente su dolor. Según las versiones más comunes, la mujer, consumida por la culpa y la desesperación, ahogó a sus hijos y, como castigo divino, se vio condenada a buscar sus almas perdidas por toda la eternidad.

La leyenda de La Llorona no solo forma parte del folclore mexicano, sino que ha trascendido fronteras, apareciendo en diversos países de América Latina. Aunque en cada región se adapta a las tradiciones y creencias locales, su presencia continúa siendo una poderosa manifestación de angustia y sufrimiento eterno.

En Ecuador, la leyenda de La llorona la escuché por primera vez de mis alumnas Micaela Toledo y Pamela Chango en 2018, quienes a su vez la recibieron de Betty Vega Pérez.

Así cuenta  Betty Vega Pérez su historia:

Hace algunos años, en la parroquia de Tumbaco, un suceso inquietante tuvo lugar una noche, durante un evento de trabajo al que asistió mi padre en los alrededores del parque central. Nuestra casa, como era costumbre, se encontraba cerca, a solo unas dos cuadras del lugar. Por la proximidad, mi padre no dudó en quedarse hasta tarde, convencido de que las calles eran tranquilas y seguras en aquel entonces, antes de que la delincuencia comenzara a tomar fuerza en la región.

Al concluir la reunión, mi padre comenzó a caminar de vuelta a casa. La noche había caído y las calles se encontraban desiertas, sumidas en un silencio profundo. Al cruzar frente a la iglesia, una sensación extraña se apoderó de él. Un escalofrío recorrió su espalda y un sentimiento de ser observado se intensificó. Sin poder evitarlo, su mente empezó a buscar alguna explicación lógica. Pensó que tal vez algún vecino se dirigía por allí o incluso algún amigo, pero aún así decidió apurar el paso, un tanto inquieto por la sensación.

Sin embargo, a medida que caminaba, la sensación de ser seguido se hizo más notoria. No pudo evitarlo más tiempo y, movido por una mezcla de curiosidad y temor, volteó para mirar hacia atrás. En ese momento, vio una figura que le heló la sangre. Era una mujer o al menos eso parecía, cubierta completamente por un manto negro que la hacía casi invisible en la penumbra. Estaba parada frente a la iglesia, con su figura oscura contrastando con las luces tenues de la calle.

El miedo comenzó a apoderarse de mi padre. Intentó seguir caminando con normalidad, pero sus piernas no le respondían. Sentía una debilidad inexplicable, como si la fuerza de su cuerpo se desvaneciera ante la presencia de esa figura. A pesar del terror, logró avanzar hasta la esquina del parque, pero al voltear nuevamente, la mujer había avanzado. Estaba justo detrás de él, observándolo fijamente, con los ojos escondidos bajo el manto, pero él podía sentir su mirada penetrante.

El pánico lo invadió por completo y en ese estado de desesperación, comenzó a rezar en voz baja, esperando que sus oraciones lo liberaran de aquella presencia. Corrió lo más rápido que pudo, con la esperanza de llegar a casa y encontrar refugio. Golpeó la puerta con fuerza y cuando mi madre salió a abrirle, la angustia era tan evidente en su rostro que ella supo inmediatamente que algo no estaba bien. Le contó lo sucedido y aunque intentó calmarlo, ambos sabían que lo que había experimentado no era algo fácilmente explicable.

Después de contarle todo, mis padres empezaron a pensar en las leyendas de la región y una en particular cruzó sus mentes: La Llorona de Tumbaco. Se decía que esta mujer, quien había perdido a sus hijos en un trágico accidente, se había convertido en una sombra errante que recorría las calles, buscando venganza entre los hombres que frecuentaban las tabernas y las zonas oscuras, aquellos que, como mi padre, andaban por las calles solitarias en horas de la madrugada.

Esa noche, mi padre nunca olvidó la sensación de estar siendo observado por algo más allá de lo tangible. La mujer o lo que sea que fuera, se quedó grabada en su memoria y, aunque nunca pudo comprender completamente lo que había ocurrido, estuvo seguro de que la figura que lo seguía no era de este mundo. Desde entonces, siempre evitó caminar solo a altas horas de la noche por las calles de Tumbaco, respetando el misterio que envolvía aquellas leyendas de la región y que tal vez, en algunos casos, podrían ser más reales de lo que uno piensa.

 

Informante
Betty Vega Pérez nació en Tumbaco (Pichincha, Ecuador), donde reside hasta la actualidad. Tiene 40 años. Es tecnóloga en laboratorio clínico y realizó sus estudios en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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