Dorys Rueda
La historia de La Llorona no la conocí por libros ni por relatos escritos. Me la contó mi madre, hace muchos años, como se cuentan estas cosas importantes: en voz baja y sin apuro. Ella la había escuchado en México, donde la leyenda se nombra desde hace generaciones y se transmite casi como un secreto. No era una historia para decirse en voz alta ni a plena luz del día; aparecía más bien en conversaciones nocturnas, cuando el silencio hace espacio y la memoria se anima a hablar.
Mi madre decía que se trataba de una mujer que perdió a sus hijos de manera trágica. No todos coinciden en cómo ocurrió, pero sí en algo esencial: ese dolor la desbordó. Desde entonces, no encontró descanso. Hay quienes aseguran que, después de morir, se la ve caminar cerca de ríos y caminos solitarios, llamando a sus hijos con un llanto que se confunde con el viento.
Con el paso del tiempo, la historia empezó Fue apareciendo en distintos países y a veces hasta con otro nombre. Cada quien le agregó algo y también le quitó lo suyo. Y aun así, hay algo que nunca cambió: esa pena profunda de la mujer, que sacude a quien la escucha.
En 2018 volví a encontrarme con esta leyenda, esta vez en Ecuador, bajo el nombre de la Llorona de Tumbaco. Fueron mis alumnas, Micaela Toledo y Pamela Chango, quienes me la contaron, como se cuentan las historias que todavía inquietan. Ellas no la habían leído en ningún libro: la habían escuchado de Betty Vega Pérez, una mujer que la guardaba como algo vivido, como una experiencia que no se explica del todo, pero que deja huella. En su manera de narrarla se sentía que no era solo una historia heredada, sino un recuerdo que seguía acompañándola.
Betty contaba que, años atrás, en Tumbaco, su padre pasó por una experiencia que nunca logró explicarse. Aquella noche había asistido a una reunión cerca del parque central. Como la casa quedaba a pocas cuadras, no llevó el auto y decidió regresar caminando.
era miedo todavía, más bien una inquietud difícil de explicar, como si no caminara solo y alguien lo estuviera mirando. Trató de no pensar en eso y siguió avanzando, diciéndose que era solo su imaginación. Pero la sensación no se fue. Con cada paso se volvió más pesada, más insistente, hasta que ya no pudo seguir caminando como si nada y se detuvo. Entonces se dio la vuelta.
Ahí estaba.
Una figura oscura, cubierta por algo que parecía un manto. No se le veía el rostro. No se movía. Y aun así, se sentía su presencia.
Ahí sí tuvo miedo. Volvió a mirar y la figura estaba más cerca. Eso fue suficiente. Empezó a rezar en voz baja y luego corrió hasta llegar a casa. Cuando golpeó la puerta, el susto se le notaba en la cara. No hacía falta que dijera mucho.
Más tarde, su esposa le recordó una de esas historias que se oyen en el pueblo. Decían que esa mujer solía aparecerse a quienes caminaban solos por la noche, como si buscara algo que había perdido para siempre.
Mi padre —contaba Betty— nunca supo qué fue exactamente lo que vio. Pero desde entonces evitó caminar solo cuando caía la noche.
