Por Dorys Rueda

La viuda, en la rica tradición oral del Ecuador, ocupa un lugar central como una figura espectral, profundamente aterradora.

Por lo general, se trata de mujeres que, tras el fallecimiento de sus esposos, quedan condenadas a una vida solitaria y sombría. Unas se entregan a una vida disipada; otras se vinculan a fuerzas tenebrosas y sobrenaturales. Pero, cuando mueren, no encuentran descanso: se quedan en el umbral entre la vida y la muerte.

La leyenda ocurre en tiempos en que Quito no tenía luz eléctrica y la gente caminaba bajo faroles que resplandecían por doquier, dejando una luz tenue y vacilante que apenas alcanzaba a dibujar los contornos de las calles empedradas.

Entre las callejuelas angostas del centro de Quito, a las doce de la noche, en punto, se aparecía una mujer vestida totalmente de negro. Surgía sin anunciarse, pero su sola presencia bastaba para atraer a cualquier caballero.

Caminaba seductoramente, moviéndose con un encanto difícil de resistir. Los hombres no podían apartar la mirada de su cuerpo. Había en su cercanía una fuerza callada que los retenía y, casi sin darse cuenta, los llevaba a seguirla.

La gente decía que, en vida, antes del deceso de su cónyuge, la mujer había llevado una vida pecaminosa, llena de infidelidad y lujuria. No conocía límites ni temía al juicio de los demás y esa forma de vivir fue marcando su destino.

Por eso salía, a conquistar a los muchachos que aún transitaban por El Panecillo, la Plaza Grande, La Ronda, la iglesia de San Francisco y la calle de las Siete Cruces. Recorría esos lugares con paso seguro, como si los conociera de memoria, deteniéndose apenas lo necesario, observando, esperando…

Si no encontraba caballeros a su paso, la viuda tocaba la puerta de la primera casa que encontraba y llamaba por su nombre al varón de la casa.

Las mujeres, con angustia, respondían:

—¡No hay ningún hombre en la casa! ¡Busque otra puerta!

Todos sabían que, si la puerta se abría, los varones de la casa no eran más de esta vida. La viuda se los llevaba, sin que nadie pudiera impedirlo: unas veces, rumbo al Machángara; otras, a algún despeñadero o al cementerio más cercano, donde la noche terminaba de cerrar lo que ella había comenzado.

Una vez que llegaban al sitio, la viuda se quitaba el manto y se desvestía lentamente.

El incauto, tentado por su cuerpo, esperaba el encuentro amoroso. Cuando ella se acercaba a abrazarlo, él empezaba a acariciarla y, en ese momento, se daba cuenta de que abrazaba a una calavera. Entonces, la mujer tocaba la cabeza del hombre y, en un abrir y cerrar de ojos, le nacían cuernos en la frente.

Con una risa escalofriante, la viuda decía: «Igualitos a los que tiene Lucifer», como si disfrutara de aquel instante en que el engaño se revelaba.

Su víctima, del susto, fallecía y ella arrojaba su cadáver al barranco, a una tumba abierta o al río, sin dejar rastro de compasión, como si repitiera un destino que no podía detener.

La gente que encontraba al infausto varón sabía lo que había ocurrido. No hacía falta preguntar. La señal inequívoca eran los dos cuernos en la frente del hombre, prueba silenciosa de que había caído en las manos de la viuda.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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