
Una madre no duda ni mide el peligro cuando se trata de proteger a un hijo. No se detiene a pensar si podrá o no, si es seguro o si saldrá ilesa. Simplemente actúa. Hay algo en ella que se adelanta al miedo, que deja de lado cualquier cálculo y responde con una fuerza que no se aprende ni se explica. Es un impulso profundo, casi instintivo, que nace desde lo más hondo y la empuja a ponerse entre el peligro y su hijo, a cualquier precio.
Comparto con ustedes una leyenda ecuatoriana que habla del amor de una madre.
Ocurrió en la vía Alóag–Santo Domingo, en uno de esos tramos donde la neblina se precipita, las curvas son apretadas, las montañas parecen cerrarse a nuestro paso y los abismos están tan cerca que nos acompañan durante el trayecto.
Cuentan los abuelitos que hace años ocurrió allí un accidente que todavía se recuerda y dejó en la gente una profunda huella.
Una noche, un matrimonio joven, con su hijo recién nacido, regresaba a Quito. El hombre manejaba con cuidado, porque conocía esas curvas estrechas y sabía que allí no había margen para el error: un segundo bastaba para colisionar.
El niño dormía, ajeno a todo, envuelto en ese silencio tibio que solo tienen los recién nacidos.
Como era época invernal, en una curva la tierra cedió y una roca se desprendió de la montaña, impactando en la carretera, de tal manera que no le dio tiempo al conductor de frenar; el carro perdió el control y, en cuestión de segundos, se precipitó al barranco.
Los carros que venían atrás frenaron de golpe. La gente se bajó rápido, algunos todavía sin entender bien qué había pasado, y corrieron hacia el borde del barranco. Pero entre la lluvia y la neblina casi no se veía nada.
Entonces apareció una mujer.
Salía desde abajo, del precipicio. Venía llena de lodo, con sangre en la ropa, temblando. Apenas podía respirar. Lloraba mientras hablaba y decía que el carro se había ido al fondo del barranco. Contó que su esposo había muerto ahí mismo… pero que el bebé seguía vivo, atrapado entre los fierros. Les rogó que bajaran a sacarlo.
Tres hombres se ofrecieron enseguida. Bajaron como pudieron, agarrándose de las piedras mojadas, de las raíces, de cualquier cosa que encontraban para no resbalar.
La mujer se quedó arriba, sentada sobre una piedra al borde de la carretera. Desde ahí miraba hacia abajo sin decir nada, esperando.
Algunas mujeres se acercaron para ayudarla. Querían limpiarle la sangre, cubrirla un poco porque estaba empapada y hacía frío.
Pero cuando llegaron… ya no estaba.
Miraron alrededor. La llamaron varias veces. Pensaron incluso que tal vez había vuelto a bajar por el barranco.
Pero no.
No había nadie.
Pasó más de una hora hasta que los hombres regresaron. Salieron despacio entre la neblina, cansados, llenos de barro. Uno de ellos llevaba un bebé en brazos.
El niño seguía vivo.
—¿Y la mamá? —preguntaron las mujeres—. ¿Dónde está?
El hombre no respondió enseguida. Caminó rápido hasta su carro y le entregó el bebé a su esposa. Le temblaban las manos.
Después otro de los hombres habló, todavía pálido.
Dijo que el carro estaba destruido. Que abajo había dos muertos.
Solo el bebé se había salvado.
Nadie dijo nada. Únicamente se quedaron mirándose, sin saber qué pensar. Hasta que el tercer hombre, con la voz toda quebrada, dijo bajito:
—La mujer que nos pidió ayuda… ya estaba muerta.
Y después agregó:
—Volvió solo para salvar al hijo.
Y desde entonces, cuando la neblina baja sobre la carretera y la noche se pone más cerrada, hay conductores que dicen haber visto a una mujer parada en medio del camino… pidiendo auxilio.
