Por Dorys Rueda

 

Dicen los abuelos que, cuando Quito era más callado y el Panecillo todavía quedaba un poco lejos de todo, vivía una mujer pobre. Tan pobre que no tenía más que una vaca. No se recuerda su nombre ni de dónde venía. Solo se sabe que estaba sola y que su vida se ordenaba alrededor de ese animal. 

No tenía terreno propio. Por eso, cada mañana, antes de que el sol calentara la loma, subía despacio con su vaquita hasta lo alto del cerro. El camino era de tierra dura y piedras sueltas. A ratos, el aire se volvía frío y la neblina bajaba sin avisar. La mujer caminaba encorvada, con el paso acostumbrado y la vaca avanzaba detrás o delante, según el ánimo del día. 

Arriba, la mujer se sentaba en una piedra grande, siempre la misma. Desde ahí miraba la ciudad extendida abajo, todavía pequeña, todavía quieta. A veces se quedaba dormida un rato; otras, simplemente miraba. La vaca, mientras tanto, recorría el lugar con paciencia, arrancando lo poco que encontraba verde, como si supiera que no había que exigirle más a la tierra. 

Un día, mientras la mujer juntaba palos secos para prender el fuego al atardecer, el silencio se volvió raro. Levantó la cabeza y la vaca no estaba. Caminó unos pasos. Llamó con voz tranquila. Nada. Llamó más fuerte. El nombre se le rompió en la garganta. El cerro devolvía el sonido, pero no la respuesta. 

Sintió entonces un frío distinto, no del aire, sino del pecho. Miró alrededor con desesperación, como si la vaca pudiera aparecer de pronto, saliendo de la neblina. No apareció. Sus pies la llevaron, casi sin pensarlo, hasta la Olla del Panecillo. Desde arriba, el hueco parecía tragarse la luz. Se asomó con cuidado. No vio el fondo. Imaginó el cuerpo de la vaca rodando hacia abajo y el pensamiento le apretó el estómago. 

No gritó más. Empezó a bajar. 

La tierra estaba húmeda y se deshacía en las manos. Las raíces sobresalían como dedos duros. Resbaló varias veces. Se golpeó las rodillas, pero siguió. Bajaba como quien ya no tiene nada que perder. 

Cuando llegó al fondo, se detuvo y sintió mucho miedo, aunque el lugar no era oscuro ni cerrado. Había una luz suave, sin sol, que parecía salir de las paredes mismas. Un palacio se levantaba frente a ella. 

En el centro del castillo, sentada en un trono sencillo, estaba una muchacha joven, de rostro sereno y hermoso.

—¿Qué te sucede, buena mujer? —le preguntó.

Ella le contó que había perdido su vaca y que sin ella no podía vivir. También le habló de su miedo, de su cansancio y de su soledad. 

La muchacha le contestó que se tranquilizara, porque su vaca estaba a salvo y le puso en sus manos una mazorca y un ladrillo de oro. La mujer no preguntó nada, le agradeció y empezó a subir. 

La subida fue lenta y el cuerpo le dolía. Cuando al fin salió, el cielo ya estaba cambiando de color. Y ahí, a pocos pasos, estaba la vaca. Tranquila, como si nada hubiera pasado. 

La mujer se aproximó despacio, por miedo a que fuera una ilusión. La tocó y apoyó la frente en su lomo caliente y se quedó así un largo rato, respirando. Después, las dos bajaron juntas del cerro. El día se apagaba y la ciudad empezaba a encenderse abajo. Nadie las vio pasar.

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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