
Dorys Rueda
Esta historia me la contó el profesor Óscar Ruiz, quien la recibió, a su vez, de sus estudiantes: Ariana Torres, Ilenia Berru, Giomara Camacho y Alexander Cuenca. Fue una tarde cualquiera, sin misterio; un café en la mano, en junio de 2025.
Dicen que ocurrió hace muchos años.
Al norte de la ciudad vivía una mujer llamada Gabriela. No era de esas bellezas que deslumbran de inmediato, sino de las que se notan con el tiempo. Tenía los ojos oscuros, siempre un poco tristes, como si estuviera esperando algo. Casi no sonreía, pero cuando lo hacía, se sentía calma.
Vivía en una casa grande, cerca del bosque. Estaba muy enamorada y planeaba casarse con el amor de su vida.
Le gustaba tocar el piano y lo hacía todas las tardes. Así se sabía acompañada, pues vivía sola. Decían que el piano se lo había regalado su amado; tal vez por eso sentía tanto apego por él.
Un día, su joven enamorado se fue de viaje a la selva. Dijo que volvería, pero nunca regresó. Nadie supo qué le pasó. Solo quedó la espera y, después, el vacío.
Desde entonces, algo cambió en la casa. Gabriela ya no era la misma. El piano seguía sonando, pero distinto: más despacio, más hondo, como si las notas dudaran antes de caer. Algunos dicen que murió de pena; otros comentan que no, que nunca se fue del todo. Lo único cierto es que, por las noches, desde la casa deshabitada, se escuchaba un piano viejo tocando una melodía triste, como si alguien llamara sin esperar respuesta.
Con el tiempo, la gente empezó a comentar sobre la música que venía desde el interior de la casa.
Una noche, unos jóvenes, atraídos por la historia, decidieron ir a verla. No por valentía, sino por curiosidad, porque las leyendas pesan más cuando se escuchan de noche. Llevaron linternas y fingieron que no tenían miedo.
La puerta sonó al abrirse. Adentro hacía un frío que no era normal, como si la casa guardara la noche en sus paredes. Todo estaba en silencio. Entonces escucharon la melodía del piano, muy cerca.
Siguieron el sonido hasta una sala. El piano estaba cubierto de polvo y, junto a él, estaba una joven y hermosa mujer vestida de negro. Sus manos seguían sobre las teclas, aunque la música ya se había detenido.
Cuando los vio, dejó de tocar.
—¿Por qué han venido? —preguntó—. ¿Buscan algo… o solo querían escuchar?
Nadie respondió. Entonces la puerta se cerró de golpe y unas sombras empezaron a moverse desde las paredes, despacio, sin apuro. Los rodearon. Los muchachos intentaron gritar, pero no pudieron. Luego sintieron cómo los recuerdos de su propia vida los tragaban sin piedad, como si la casa los hubiera llamado.
A la mañana siguiente, los vecinos encontraron la puerta abierta. La casa estaba vacía. Los jóvenes habían desaparecido por arte de magia. Nunca hallaron sus cuerpos.
Desde ese día, nadie volvió a entrar en la casa, y quienes pasaban cerca, cuando caía la noche y el viento venía del bosque, juraban que todavía se escuchaba el piano.
Los ancianos aconsejan que, si alguien alguna vez oye la música, lo mejor es seguir caminando, sin miedo, como si no la hubiera oído.
Que lo más prudente no es correr, sino alejarse lentamente, sin mirar atrás.
