Esta historia me la contó mi padre, don Ángel Rueda Encalada, en 1991, quien a su vez la había recibido de su padre, don Miguel Rueda.
En una calurosa tarde, dos jóvenes intrépidos de Otavalo, ambos conocidos por su valentía, sostuvieron una acalorada discusión. Cada uno se jactaba de ser más valiente que el otro, desafiando sin cesar el coraje del otro. Al principio, las palabras fueron solo eso, palabras, pero la contienda pronto tomó un tono más serio. Ambos estaban decididos a demostrar quién era el más temerario, pero como no lograban ponerse de acuerdo, idearon un plan para medir su valentía de una manera más concreta.
El reto fue decidido: ambos tendrían que ingresar al cementerio de la ciudad, justo a la medianoche y allí, en una tumba olvidada, clavarían un clavo en la cruz de una lápida, como símbolo de su coraje. Solo el que lograra hacerlo sin flaquear sería considerado el más valiente. Sin embargo, ninguno de los dos sabía que aquel desafío los llevaría a enfrentar algo mucho más aterrador de lo que podían imaginar.
La noche indicada llegó con un viento frío que azotaba las calles, elevando un susurro extraño en cada rincón del pueblo. Las ramas de los árboles se sacudían violentamente, crujían y se doblaban, como si se resistieran al abrazo de la tormenta que se avecinaba. El cielo estaba cubierto de nubes oscuras, ocultando la luna, aunque su luz tenue lograba atravesar la neblina, proyectando sombras largas y tenebrosas sobre el suelo.
El primer joven, confiado en su valentía, cuando llegó al cementerio, no dudó en ingresar. Con un salto ágil, cruzó la tapia del cementerio y entró en la necrópolis, donde el aire estaba cargado de un silencio ominoso que parecía retumbar en sus oídos. Caminó con determinación, no había miedo en su corazón, solo la adrenalina de querer demostrar su coraje. Recordaba las palabras de su amigo y el pacto que habían hecho: "Clava el hierro en la cruz y prueba tu valentía". El sepulcro señalado estaba al final del camino y con firmeza, el muchacho dobló a la izquierda, avanzando por entre las tumbas que parecían observarlo en silencio.
Al llegar a la cruz, la sensación de soledad lo invadió por completo. Miró el hierro en sus manos, sintiendo su peso y la fría solidez del metal, que parecía arder en su palma. Con una respiración profunda, preparó el hierro y, con la mano firme, lo hundió en la madera de la cruz. El primer golpe resonó en la quietud de la noche, pero al dar el último, algo sucedió. Una sensación extraña le recorrió todo el cuerpo, como si el viento hubiera cambiado bruscamente y lo hubiera rodeado. De repente, una ráfaga helada levantó polvo y hojas secas a su alrededor y un murmullo lejano e ininteligible comenzó a colarse en sus oídos. El joven, momentáneamente desconcertado, levantó la vista, pero no había nada más que las sombras que lo rodeaban.
A pesar de la sensación de inquietud que le había invadido, con rapidez dio media vuelta y corrió hacia la tapia del cementerio. Su corazón latía con fuerza, desbordando su pecho como si fuera a salirse. Cuando apenas tocó el suelo al saltar la tapia, su cuerpo comenzó a sacudirse violentamente. El miedo se había apoderado de él con tal intensidad que sus músculos se contrajeron incontrolablemente y un torrente de espuma brotó de su boca. Su amigo le tildó de cobarde.
Al día siguiente, el segundo joven, decidido a demostrar que su coraje era aún mayor que el de su amigo, se encaminó al cementerio. El aire de la madrugada estaba denso, como si la misma atmósfera estuviera llena de presagios. La luna, oculta tras un manto de nubes oscuras, apenas conseguía emitir una luz tenue que iluminaba débilmente el camino. La ciudad estaba en silencio, como si el mundo entero estuviera aguardando lo que sucedería. Sin embargo, el muchacho, decidido y con el rostro enrojecido por el esfuerzo y la tensión, saltó la tapia del camposanto con rapidez, sin dudar.
Siguiendo el mismo camino que su amigo siguió la noche anterior, dobló a la izquierda entre las tumbas. A lo lejos, se veía el sepulcro al que se aproximó con una respiración agitada. Con el corazón palpitando en su pecho, clavó el clavo en la cruz de la tumba, notando cómo el frío comenzaba a penetrar su poncho y un escalofrío recorría su espalda, erizando la piel de su cuerpo. Sin embargo, cuando dio el último golpe, algo extraño y desconcertante sucedió. Una sensación de frío absoluto lo rodeó por completo, mucho más intenso que cualquier viento gélido que hubiera sentido antes. Era como si una presencia invisible lo estuviera tocando. Su corazón entonces comenzó a latir desbocado, como si quisiera escapar de su pecho. La visión se le nubló por completo y todo a su alrededor se volvió borroso y distorsionado. Intentó gritar, pero la voz no le salía. Era como si algo lo hubiera callado de manera sobrenatural. Sentía que alguien le sostenía desde atrás con una fuerza que no parecía humana. En su mente comenzó a imaginar que quizás era la mano descarnada de algún muerto o, peor aún, la figura de la viuda del cementerio que vagaba por el lugar y de la que se contaban historias terroríficas en la ciudad. Paralizado por el miedo, ya no podía moverse. Se quedó completamente inmóvil, como si el mismo camposanto lo hubiera absorbido en su terror.
A lo lejos, se escuchaba la primera campanada de la madrugada.
Al día siguiente, el cuidador del cementerio, conocido por todos en la ciudad, llegó a su habitual jornada de trabajo. Al recorrer el camposanto, se detuvo al ver el cuerpo del joven tendido cerca de una tumba. A simple vista, no había señales de lucha, pero la expresión del muchacho era inconfundible: había enfrentado algo mucho más grande que él. El cuidador, con cierta tristeza, miró el lugar donde el joven había caído. Fue entonces cuando, al examinar más de cerca, encontró que el poncho del joven estaba asido a la tumba, enredado entre las piedras. Al parecer, cuando intentó huir, su prenda quedó atrapada y en su desesperación, el miedo terminó matándolo.
Así concluye la historia de estos dos jóvenes que, al intentar medir su valentía, se encontraron con algo mucho más antiguo y misterioso que su propio coraje. Por eso, los ancianos del pueblo solían decir que el verdadero valor no se mide por la magnitud del desafío, sino por la capacidad de enfrentarlo con respeto. La verdadera valentía consiste en reconocer los límites de nuestra fuerza y actuar con humildad ante lo desconocido, pues existen poderes que superan nuestra comprensión y nos recuerdan que en la vida siempre hay algo más grande que nosotros.
NFORMANTE
Ángel Rueda Encalada
Otavalo 1923-2015
Fue un autodidacta que impulsó la modernización de la ciudad de Otavalo y logró cambios enormes para su ciudad, como la automatización de los teléfonos, la construcción del Banco de Fomento, la llegada del Banco del Pichincha, la edificación del Mercado 24 de Mayo, la construcción de la Cámara de Comercio, la reparación del templo El Jordán y la reconstrucción del Hospital San Luis.
Por décadas, fue benefactor de las escuelas Gabriela Mistral y José Martí. Fue fundador de varias instituciones de la ciudad, de donde desplegó su actividad a favor de la comunidad. Fue presidente de la Sociedad de Trabajadores México y del Club de Tiro, Caza y Pesca. Formó la Cámara de Comercio, trabajó para ella y fue su Presidente Vitalicio.