Fuente oral: Luis Ubidia
Recopilación y transcripción: Dorys Rueda
Otavalo, 1986
 
 

 Sucedió, cuando no había luz eléctrica en Otavalo y el pueblo estaba alumbrado por grandes faroles, que se encendían solo por un par de horas.

Los jóvenes otavaleños, en ese entonces, eran muy aficionados a la copa. Les encantaba pasar horas y horas en las cantinas. Cuando salían del lugar, muchos no lograban llegar a sus casas por lo ebrios que estaban. Se caían al suelo y permanecían dormidos en la calle, hasta el siguiente día. Cuando despertaban, ya no tenían sus objetos personales, ni siquiera la ropa que llevaban puesta.

Todos coincidían que la causante de estos desmanes era la viuda que merodeaba la ciudad. Una hermosa mujer, que aparecía a las doce de la noche en el centro del pueblo, vestida completamente de negro.

La gente estaba tan asustada de esta aparición que evitaba salir a la calle, desde la seis de la tarde. Los jóvenes se cuidaban de beber y los cantineros estaban muy preocupados, porque ya no contaban con su clientela habitual. El único que no tenía miedo era el Farolero de la ciudad, que decidió enfrentar a la famosa viuda, para que la vida en el pueblo volviese a la normalidad.

Una noche se fue a una cantina cerca del parque principal de Otavalo a tomarse unas copitas y cuando dieron las doce, salió al pretil. De lejos, vio la figura de una mujer alta, vestida de negro, que caminaba de un lado a otro, mirando siempre el horizonte. Sin pérdida de tiempo, el Farolero sacó de su bolsillo un revólver y apuntándole a la cabeza de la mujer le dijo: - “Si hasta contar tres no me dices a quién buscas, te disparo, aunque seas de la otra vida” . La mujer se dio la vuelta y con voz de ultratumba, le dijo: - “Si logras agarrarme, te contesto”. Entonces, empezó a correr sin darle tiempo al Farolero de responder.  Bajó por la calle Bolívar y viró hacia la Gruta del Socavón.

El Farolero, que había sido toda la vida un gran deportista, no tardó en alcanzarla, justo cuando la viuda entraba en la Gruta. Entonces, volvió a repetirle la misma pregunta. La mujer se dio la vuelta, se quitó el manto negro que cubría su cabeza y rostro y le dijo: -“No dispares, soy de esta vida”. El Farolero, en ese instante, la reconoció. Era una mujer de mediana edad, muy hermosa, cuyo esposo había fallecido en un accidente. Le contó que había tenido que disfrazarse de viuda para salir a robar a los borrachos, porque no tenía trabajo y solo así podía mantener a sus hijos.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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