
Hace muchos años, en Otavalo, vivía Juan, un joven ambicioso que nunca estaba satisfecho con lo que tenía y siempre soñaba con una vida distinta. Tras la muerte de su padre, su madre y sus hermanos trabajaban duramente en el campo para salir adelante. Juan los veía esforzarse a diario, pero ese trabajo no le daba tranquilidad. Sentía que la pobreza los había marcado y que, de esa forma, jamás prosperarían.
Una fría noche de diciembre, recordó las historias que se decían en el pueblo: hablaban de un claro del bosque donde, en noches de luna llena, el diablo aparecía para hacer pactos.
Esa misma noche, Juan tomó una vela negra y se dirigió al bosque. Caminó hasta llegar al claro, la encendió y dijo en voz alta:
—¡Aparece! Quiero riqueza y poder. Estoy dispuesto a pagar cualquier precio.
El viento se detuvo de repente. El bosque quedó en absoluto silencio. Entre las sombras, una figura comenzó a formarse. Juan lo supo enseguida: era el diablo.
Llevaba una capa negra que rozaba el suelo. Juan sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Cuando el ser habló, su voz sonó fuerte, extraña y poderosa:
—¿Estás seguro de lo que pides? Si firmas este pacto, tendrás todo lo que deseas, pero en la próxima Navidad me entregarás tu alma.
El joven no dudó. Firmó con una gota de su sangre y, en ese mismo instante, comenzaron a llover monedas de oro. Volvió a su casa convencido de que, por fin, todo iba a cambiar.
Durante el año siguiente, Juan se volvió muy rico. Compró tierras, animales y ropa fina. Al principio se sentía feliz, pero su familia notó que ya no era el mismo. Se volvió orgulloso y rechazaba la ayuda de su madre y de sus hermanos, que seguían trabajando como siempre.
Con el paso del tiempo y, al acercarse la siguiente Navidad, el joven empezó a vivir con miedo. Tenía pesadillas y creía ver al diablo en todas partes, acercándose para reclamar lo que era suyo. En la víspera de Nochebuena, desesperado, volvió al bosque para intentar romper el pacto.
Entre los árboles encendió una vela blanca y rezó, aunque sentía que no bastaba. Cuando el reloj marcó la medianoche, el diablo apareció riendo:
—No puedes escapar de tu destino. Tu ambición te ha condenado.
En ese momento, una potente luz iluminó el bosque. Era la Virgen de Monserrate, vestida de blanco. El lugar se llenó de calma. Con voz firme le habló al diablo:
—No puedes llevarte a este muchacho. Se equivocó, pero ahora está arrepentido.
El diablo protestó, pero fue en vano. La Virgen rompió el pacto y Juan cayó de rodillas, llorando. Antes de irse, le dijo:
—Regresa con tu familia y guarda la fe, el amor y la humildad. La verdadera riqueza no está en lo que se tiene, sino en lo que se lleva en el corazón.
Juan regresó a su casa aliviado, libre del pacto que lo había atormentado durante meses. Al entrar, su madre corrió a abrazarlo y sus hermanos se acercaron en silencio.
Con la voz quebrada, Juan les contó lo sucedido: el pacto, el miedo y cómo la Virgen de Monserrate lo había salvado.
—Ella me salvó —dijo—. Me liberó de mi ambición y de mis errores. Desde hoy trabajaré honradamente, sin buscar atajos, y cuidaré de ustedes como se merecen.
