En las leyendas ecuatorianas, las brujas, viudas y mujeres espectrales ocupan un lugar central como figuras que atraviesan las fronteras entre lo humano y lo sobrenatural. Las brujas, con su poder oscuro, son representadas como mujeres temidas, capaces de invocar fuerzas malignas o curar a través de rituales secretos, pero siempre envueltas en misterio y desconfianza. Las viudas y el resto de espectros femeninos son a menudo descritas como figuras solitarias y resentidas, que buscan venganza o consuelo y vagan por las noches. Estas mujeres, en su mayoría, están marcadas por el dolor, la ira o la desesperación, lo que las convierte en poderosas entidades que cruzan el umbral de la muerte. Las leyendas de estas mujeres reflejan la compleja relación que la sociedad ecuatoriana ha tenido con el dolor, la muerte y lo inexplicable.

Esta leyenda me fue narrada por mi padre, don Ángel Rueda Encalada, quien a su vez la heredó de su propio padre, don Miguel Rueda. La historia comienza de la siguiente manera:

La leyenda de la enfermera espectral en Otavalo no solo dejó una profunda impresión en los trabajadores de la construcción de la Plaza de los Ponchos, sino que también se convirtió en un tema recurrente de conversación entre los vecinos de la zona, quienes contaban que, al caer la noche, las calles cercanas al Hospital San Luis adquirían un aire extraño. La figura blanca de la enfermera no solo se limitaba a aparecer en el lugar de la obra, sino que algunas personas aseguraban haberla visto merodeando cerca del hospital, cruzando con su paso sigiloso por las calles oscuras, como si buscara algo o alguien en particular. La figura blanca de la enfermera no solo se limitaba a aparecer en el lugar de la obra, sino que algunas personas aseguraban haberla visto merodeando el centro de salud, recorriendo los pasillos solitarios que una vez pisó en vida.

Algunos pobladores decían que, antes de enfermar, la enfermera había estado particularmente afectada por las muertes de varios pacientes que había atendido durante sus últimos días. A menudo se comentaba que ella misma había mostrado signos de agotamiento y tristeza antes de caer enferma, como si el sufrimiento de los demás la hubiera dejado marcada. Cuando falleció, muchos pensaron que su alma no encontraba paz, pues la enfermedad no solo la arrebató de manera repentina, sino que la mantuvo atrapada entre el hospital y las calles de la ciudad que ella había recorrido tantas veces mientras vivía.

Los rumores crecieron a tal punto que incluso algunas madres advertían a sus hijos de no salir a ciertas horas de la noche, diciendo que la enfermera fantasma aún buscaba a quienes pudieran necesitar su ayuda, pero que al mismo tiempo también se decía que su toque era mortal, como un presagio de enfermedad o muerte para aquellos que caían bajo su mirada. Los más supersticiosos aseguraban que el suero que portaba la figura espectral tenía la capacidad de robar la vida de los que no sabían evitar su presencia. Otros, en cambio, pensaban que su propósito era más benigno, tratando de cuidar a los enfermos de alguna manera no comprendida, extendiendo su brazo hacia los vivos con la esperanza de sanar o aliviar el sufrimiento.

Una noche, en medio de un aguacero torrencial, un pequeño grupo de curiosos se aventuró en la zona de la construcción, buscando encontrar la respuesta definitiva a la leyenda que tanto había inquietado a la ciudad. Se acercaron sigilosamente al sitio donde los trabajadores solían retirarse apresurados, cuando vieron una figura a lo lejos, emergiendo entre la niebla. La figura, como siempre, vestía el inmaculado uniforme blanco, sin ningún sonido, sin ningún rastro de vida. A pesar de estar mucho más cerca que nunca, nadie se atrevió a acercarse. De repente, la figura desapareció entre la oscuridad, y el miedo que había invadido sus corazones no los dejó dormir esa noche. De vuelta en la ciudad, algunos aseguraron haber sentido una fría brisa recorrer el lugar, como si la presencia de la enfermera nunca hubiera desaparecido realmente.

La historia se fue transmitiendo a través de generaciones, con cada narración incorporando nuevos detalles y muchos comenzaron a asociarla con otros sucesos inexplicables que ocurrían en las noches de Otavalo. Así, la enfermera de Otavalo se fue convirtiendo en un testimonio de cómo la muerte y la vida se entrelazan a veces de manera insondable, dejando atrás huellas invisibles que se desvanecen solo cuando ya no hay quien se atreva a buscarlas.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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