Esta historia me la contó mi padre, Ángel Rueda Encala, en 1990. Y, hasta ahora, cada vez que paso por ese lugar, la recuerdo.
La gente de Otavalo comentaba que en la piscina “El Neptuno” había una presencia rara. No era algo que uno pudiera ver así, sino más bien una presencia que permanecía en los vestuarios.
Los más jóvenes contaban que, al cambiarse, escuchaban como si alguien estuviera nadando cuando la piscina estaba vacía. Se oían las brazadas y el agua moviéndose en medio del silencio, y eso producía gran terror.
Otros decían que no era solo el sonido; también se sentía como si alguien los estuviera mirando desde la oscuridad, como si hubiera unos ojos que no se veían.
Había otros muchachos, en tanto, que aseguraban —y lo repetían bastante— que veían cómo unas sombras se deslizaban por las paredes y, antes de verlas, les recorría un frío por la espalda.
Todo sucedió hace muchos años, en el tiempo en que la piscina era un centro de diversión. Acudían a este lugar las familias otavaleñas a disfrutar de la alberca. Y, en la noche, había música y baile en la pista.
En una de esas noches de algarabía, cuenta la gente de Otavalo, un muchacho —que nadaba bien, pero era medio impulsivo— había tomado bastante y quiso lucirse para impresionar a los amigos y, sobre todo, a su enamorada, que estaba ahí mirándolo. Se lanzó al agua, pero no salió. Sus amigos, pensando que bromeaba, esperaron unos segundos. Al ver que algo malo ocurría, se metieron al agua para sacarlo. Pero era muy tarde: el muchacho había fallecido, por el alcohol y por su imprudencia.
Hasta hoy se cuenta que, cuando alguien pasa por los vestuarios, siente un frío que le recorre la espalda y escucha el agua moverse, aunque no haya nadie.
Dorys Rueda, Leyendas, historias y casos de mi tierra Ecuador, Volumen 2, 2026.
Fotografía: Marcelo Quinteros Mena
