
Por: Dorys Rueda
Esta historia me la contó mi tío, don Julio Rodríguez Hidalgo, hace muchos años. Decía que ocurrió en tiempos antiguos, cuando los maizales crecían altos y el viento bajaba fresco desde los cerros. El pueblo vivía en calma: al caer la tarde salía humo de las chozas y los niños corrían descalzos por los caminos de tierra.
Allí vivía el joven Caripac.
Era hijo de guerreros y había crecido aprendiendo que cuidar la tierra y proteger a los suyos era lo más importante.
Un día conoció a Llaqui, una muchacha hermosa y dulce.
La vio caminando entre los sembríos, con su cántaro junto a la acequia y desde aquella primera vez ya no pudo dejar de pensar en ella.
Los dos comenzaron a encontrarse en el monte, bajo unos árboles viejos que les daban sombra mientras hablaban del futuro. Imaginaban la casa donde vivirían algún día y los hijos que tendrían.
A veces ni siquiera hablaban.
Les bastaba quedarse juntos, mirando las montañas y escuchando el viento mover las ramas sobre sus cabezas.
Y mientras ellos soñaban, el pueblo seguía viviendo en paz. Había fiestas con música, buenas cosechas y fogones encendidos por las noches.
Hasta que un día llegaron noticias de guerra.
Guerreros enemigos estaban destruyendo otros poblados y avanzaban hacia aquellas tierras. Los hombres comenzaron a reunirse por las noches y las conversaciones se hicieron cada vez más silenciosas.
Entonces los mayores reunieron a los hombres del pueblo.
Había que prepararse.
Había que defender la tierra.
Y Caripac tuvo que partir.
La noche antes de marcharse se encontró con Llaqui en el lugar de siempre. Hablaron poco. Los dos sentían una tristeza extraña, como si el corazón presintiera algo.
Antes del amanecer, Caripac le prometió que volvería.
Y Llaqui quiso creerle.
Al día siguiente lo vio alejarse junto a los demás guerreros hasta perderse entre la neblina de los caminos.
Después comenzó la espera.
Las tardes se hicieron largas. Las mujeres miraban los senderos esperando noticias y los ancianos encendían fogatas mientras rezaban en silencio. Todos los días, Llaqui subía a una colina desde donde podía verse el camino por el que debían regresar los hombres.
Pasó el tiempo.
Llegaron las lluvias, volvieron los días de sol y otra vez crecieron los maizales.
Pero Caripac no regresaba.
Hasta que un día los guerreros volvieron al pueblo.
Venían cansados. Algunos estaban heridos; otros ni siquiera levantaban la mirada.
Llaqui buscó a Caripac entre todos ellos.
Pero no estaba.
Entonces uno de los hombres se acercó despacio y le contó la verdad: Caripac había muerto luchando lejos de su tierra, defendiendo a su pueblo hasta el final.
Llaqui quedó quieta.
Como si por dentro algo se hubiera roto para siempre.
Después lanzó un grito tan triste que las montañas devolvieron el eco.
Y luego salió corriendo.
Corrió entre pajonales y quebradas, subiendo cada vez más hacia los cerros. La llamaron muchas veces, intentaron seguirla, pero ella no se detuvo.
La vieron subir entre la neblina hasta que el cerro terminó por tragársela.
Y desde entonces, los abuelos dicen que, cuando el viento sopla fuerte al caer la tarde, todavía puede escucharse el lamento de Llaqui buscando a Caripac.
