
El relato que a continuación presento fue transmitido por un grupo de estudiantes al profesor Óscar Ruiz, quien tuvo la responsabilidad de recopilarlo. Las jóvenes que compartieron esta historia fueron Cristina Camacho, Anahí Jiménez, Malena Ordoñez, Abigail Vásquez y Fernanda Ortega. La adaptación textual fue realizada por mí en el mes de julio del año 2025.
En un pequeño pueblo escondido al pie de la montaña, llamado Pirincay —ubicado al noroeste de la provincia del Azuay, en Ecuador— existía un sendero estrecho y serpenteante, cubierto por musgo, sombras y antiguas advertencias. Durante el día parecía inofensivo: un simple camino de tierra entre árboles altos y piedras húmedas. Pero al caer la noche, el sendero se transformaba. No por bestias, ni por ladrones; sino por algo mucho peor: la sombra del caminante, una presencia invisible que parecía fundirse con el mismo silencio del bosque.
Las historias pasaban de voz en voz, alrededor de fogatas. Decían que, al anochecer, si alguien se atrevía a cruzar ese sendero en soledad, oiría claramente unos pasos acompañando los suyos. Si el viajero se detenía, los pasos se detenían. Si apuraba el paso, estos se apresuraban también. Pero al volverse, no habría nadie. Solo el eco, solo el viento.
Los ancianos contaban que, muchos años atrás, cuando aún no había luz eléctrica en el pueblo, un forastero llegó a Pirincay buscando refugio. Era una noche helada y la nieblina cubría los caminos como un velo espeso. Nadie quiso abrirle la puerta. Algunos fingieron dormir; otros cerraron las cortinas con disimulo, temiendo que fuera un bandido o un espíritu errante. El hombre, exhausto y tiritando, siguió su camino por el sendero, confiando en encontrar al menos una cabaña abierta o un árbol que lo protegiera del frío. Pero se perdió entre la espesura. Nunca llegó a su destino. Su cuerpo jamás fue hallado. Solo quedó la leyenda: que su sombra, dolida por el abandono, quedó atrapada entre los árboles del camino, siguiendo eternamente a quien se atreva a cruzarlo solo, como él lo hizo en su última noche.
Con los años, no faltaron testigos. Gente que, por necesidad o por rebeldía, cruzó el sendero después del atardecer. Todos describían lo mismo: el crujido de hojas tras sus pasos, una brisa helada que soplaba aún en noches sin viento y un escalofrío que parecía provenir desde adentro, como si la sangre se enfriara sin razón.
Pero lo peor no era eso.
Algunos aseguraban haber visto, reflejada en los charcos del camino, una figura oscura caminando a su lado. No en el mundo real, sino en el agua, como si solo allí pudiera verse al acompañante invisible. Otros juraban que, si se quedaban inmóviles por un momento, podían sentir claramente una respiración leve en su nuca, como un susurro contenido que no se animaba a hablar.
Los más osados intentaron desafiar la leyenda. Un joven del pueblo lo cruzó una noche de luna llena para impresionar a sus amigos. Regresó al amanecer, temblando, con los ojos fijos y sin decir palabra durante días. Un anciano, que decía no temerle a nada, lo hizo también. Nunca volvió. Solo encontraron su sombrero colgado de una rama seca y, en el suelo húmedo, dos huellas que se detenían abruptamente, como si se las hubiera tragado la tierra.
Desde entonces, los pobladores de Pirincay mantienen una regla no escrita, pero sagrada: nadie debe cruzar el sendero solo después del anochecer. Las madres lo enseñan a sus hijos. Los abuelos lo recuerdan antes de dormir. Y aunque los tiempos han cambiado y hay linternas, teléfonos celulares y caminos asfaltados, hay algo que permanece intacto: el temor a esa sombra que no se ve, pero que se siente.