Fuente oral: Cristina Camacho, Anahí Jiménez,
Malena Ordoñez,  Abigail Vásquez, Fernanda Ortega

Recopilación: Óscar Ruiz

 

En un pequeño pueblo al pie de la montaña llamado Pirincay ubicado en el noroeste de la provincia de Azuay en Ecuador. Existía un sendero que las personas evitaban caminar por ahí al caer la noche. No por bestias ni por ladrones, sino por algo mucho peor: la sombra del caminante que habitaba en el sendero.

Las historias decían que, al anochecer, si alguien recorría el sendero solo, oiría pasos detrás de él, acompañados con los suyos. Si se detenía, los pasos también se detenían. Si corría, estos se apresuraban. Pero jamás se podría ver a nadie.

Los ancianos contaban que, hace muchos años, un viajero cruzó el pueblo Pirincay en busca de refugio. Era una noche helada y la nieblina cubría los caminos, pero nadie le ofreció ayuda. Algunos cerraron sus puertas, otros fingieron no escuchar sus golpes. Obligado a seguir su camino en medio de la tormenta, se perdió en la espesura y jamás llegó a su destino. Su cuerpo nunca fue hallado, pero su sombra quedó atrapada en el sendero, persiguiendo a todo aquel que caminara solo, como él lo hizo en su última noche.

Con los años, aparecieron testigos. Gente que, por imprudencia o necesidad, recorrió el sendero después del anochecer. Todos describían lo mismo: el eco de unos pasos invisibles y una extraña sensación de frío que les calaba los huesos, incluso en verano. Pero lo peor no era eso. Algunos afirmaban haber visto una figura oscura reflejada en los charcos del camino, como si alguien invisible caminara a su lado. Otros aseguraban que, si se quedaban quietos el tiempo suficiente, podían sentir una respiración débil en su nuca.

Los más valientes intentaron desafiar la leyenda. Algunos lograron regresar, con el rostro pálido y la mirada perdida, incapaces de contar lo que habían visto. Otros, simplemente, no volvieron.

Desde entonces, los pobladores de Pirincay tienen una regla sagrada: nadie debe recorrer el sendero solo al caer la noche. Pero hay quienes aseguran que, si uno escucha con atención en la oscuridad, aún pueden oírse los pasos de aquel viajero olvidado, buscando compañía para no caminar solo nunca más.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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