Esta leyenda me fue narrada por mi alumno, Rockson Gualinga, quien, a su vez, la escuchó de Darío Palacio en la ciudad de Puyo, en noviembre de 2022.
A continuación, les comparto la historia:
Mi nombre es Darío Palacio, y voy a contarles una historia que mi abuelito solía narrarnos cuando éramos pequeños. Esta historia se remonta a hace muchos años, cuando en el pueblo no existía la luz eléctrica, ni la televisión. La gente se dedicaba principalmente a la ganadería, la agricultura y al deporte. La vida era más sencilla, pero a la vez, llena de misterios.
Mi abuelito vivía en una finca apartada, alejada de la ciudad, a unos 40 minutos del pueblo. Cerca de su casa, había una hacienda donde vivía un vecino muy peculiar. Este hombre amaba tocar la guitarra, tanto que lo hacía todas las tardes, sin falta. Su guitarra resonaba por todo el lugar, de finca en finca, cruzando los valles y los cerros cercanos.
Un día, mientras mi abuelito estaba trabajando en su finca, vio algo extraño. Un ser pequeño, que llevaba una gorra grande, se acercó al vecino que tocaba la guitarra. El pequeño ser le ofreció otra guitarra, asegurándole que con esta podría tocar aún mejor las melodías. Sin pensarlo mucho, el vecino aceptó el ofrecimiento del extraño ser, sin imaginar lo que esto le costaría.
Después de este encuentro, el vecino desapareció sin dejar rastro. Nadie lo vio más y no se sabía qué había sucedido. Pasaron las horas, luego los días y la preocupación creció. Al final, el propietario de un campo cercano, que andaba por la zona, le dio la noticia a mi abuelito. Él y tres amigos habían encontrado al vecino, pero no estaba bien. Lo hallaron en una cueva, inconsciente y herido. Lo que causó más horror fue lo que vieron: su cuerpo estaba cubierto de pelos y piel de conejo y gallina. El pobre hombre había sido transformado de alguna manera y parecía que algo oscuro lo había poseído. Lo llevaron rápidamente a la casa de mi abuelito para curar sus heridas, pero lo que sucedió después fue aún más inquietante.
A partir de ese día, algo raro ocurrió en el pueblo. Las personas dejaron de tocar la guitarra. Nadie se atrevía a hacerlo, al menos en el pueblito donde vivía mi abuelito, en Murialdo para dentro. Era como si un silencio pesado se hubiera apoderado de los corazones de los habitantes, como si el duende que había rondado la zona estuviera esperando a aquellos que desafiaran la advertencia. A medida que pasaban los meses, el ambiente se volvió más sombrío y, eventualmente, mi abuelito falleció. La sombra de la historia del vecino nunca se desvaneció.
¿Qué pasó con el vecino después de todo eso? Nadie lo vio por mucho tiempo. Decían que, tras su regreso a la vida, él nunca volvió a ser el mismo y su guitarra ya no fue la misma en sus manos. Algunos vecinos aseguraban que el duende lo había marcado de alguna manera y que siempre que el hombre intentaba tocar, algo lo detenía, como si el espíritu del duende lo observara desde las sombras.
La historia, sin embargo, no terminó ahí. Con el paso del tiempo, aún se contaba en Murialdo Fátima. Los más viejos del lugar afirmaban que el duende seguía rondando la zona, especialmente buscando a aquellos que tocaban la guitarra. Se decía que prefería a los borrachitos, a aquellos que lo hacían sin respeto, a aquellos que no sabían que la guitarra era más que un simple instrumento musical. Se rumoraba que el duende se manifestaba cuando menos lo esperaban, llevándose a aquellos que se adentraban demasiado en la melodía.
Una tarde, ya siendo más grande, decidí regresar con mis padres a la finca de mis abuelitos. Era un fin de año y todos estábamos celebrando la llegada del nuevo ciclo. La tarde estaba cargada de risas y alegría, así que tomé mi guitarra y comencé a tocar, como siempre lo hacía. La música flotaba en el aire, llena de energía, hasta que decidí descansar un poco y dejé la guitarra en el pasillo de la casa.
La noche llegó rápidamente y todos nos preparamos para quemar el año viejo, una tradición en la que los pueblos de la región participan con entusiasmo. Cuando ya comenzábamos con el ritual, de repente, escuchamos unas rasgadas de guitarra. Al principio pensé que era alguien más que había tomado mi instrumento, pero cuando presté atención, me di cuenta de que las cuerdas sonaban como las mías.
Intrigado, corrí a buscar la guitarra, sin querer dejarla sola ni un segundo. Al acercarme al pasillo, algo extraño ocurrió. Vi una pequeña sombra cruzar frente a mí, deslizándose rápidamente. Mi corazón se detuvo por un instante. ¿Era el mismo duende de la historia que mi abuelito nos había contado tantas veces? ¿Era él quien había vuelto para escuchar la música una vez más? No lo supe con certeza, pero el miedo me recorrió por el cuerpo.
Desde ese día, nunca volví a dejar mi guitarra sin cuidado y, aunque la historia del vecino desaparecido, hoy, es solo un cuento para algunos, la sensación de que alguien ronda por el pueblo aún persiste. Por eso, en las noches de lluvia, cuando el viento sopla fuerte y los árboles susurran, algunos dicen que el duende sigue escuchando la música que los hombres tocan, esperando a que alguien más desafíe el silencio que él impuso sobre la guitarra.
Así termina la historia del hombre que tocaba la guitarra y que un día desapareció, llevado por el duende que aún vaga en los rincones de Murialdo Fátima.