Dorys Rueda 
Informante oral: Francisca Shingón 
Recopilación: Dilan De la Cruz
Puyo, 3 de noviembre del 2022
 
 

Les contaré la historia que viví yo, Francisca Shingón, nacida en Cotopaxi el 22 de febrero de 1964. Mi vida cambió cuando me trasladé al Oriente, tras casarme con Manuel de la Cruz, con quien formé una familia de cuatro hijos. Nos instalamos en el centro de la ciudad del Puyo, un lugar que en aquel entonces era un verdadero remanso de paz, rodeado por la exuberante naturaleza de la región. Allí, el tiempo parecía detenerse y la vida transcurría con una calma que invitaba a la tranquilidad.

Nunca imaginé que algo perturbador pudiera ocurrir en un lugar tan sereno, pero lo que viví una noche, hace exactamente 38 años, quedó grabado en mi memoria como una de las experiencias más aterradoras de mi vida.

Aquella noche estaba recostada en la cama junto a mis dos pequeños hijos, esperando ansiosa el regreso de mi esposo. La lluvia caía con una intensidad abrumadora, como si el cielo descargara toda su furia sobre la tierra. Las gotas golpeaban el techo de zinc, produciendo un ruido monótono y constante que, lejos de tranquilizarme, solo intensificaba mi sensación de inquietud. El viento aullaba con fuerza, filtrándose por las rendijas de las ventanas mal cerradas, como si quisiera colarse en la casa junto con una presencia invisible.

El ambiente se sentía cargado, no solo por la humedad de la tormenta, sino por una extraña sensación de opresión que parecía extenderse más allá de lo que ocurría afuera. Con cada trueno, mis hijos se agitaban levemente, pero seguían dormidos, ajenos a la ansiedad que me invadía. Mi mente no dejaba de divagar. Me preguntaba si mi esposo estaba bien. ¿Por qué se demoraba tanto? Tal vez se había resguardado bajo algún alero, esperando que la tormenta amainara. Sin embargo, a medida que pasaban los minutos, una sensación de que algo no estaba bien comenzó a crecer en mí.

De vez en cuando, levantaba la cabeza, esperando ver la puerta principal abrirse y escuchar el familiar sonido de las botas mojadas de mi esposo al pisar el suelo de madera. Pero la puerta permanecía cerrada, inmóvil, como si ella también aguardara algo. El tic-tac del reloj, normalmente imperceptible, resonaba ahora con una claridad insoportable, marcando cada segundo como una tortura que aumentaba mi ansiedad. Ya había pasado la medianoche y, con cada campanada, una inquietud más profunda se instalaba en mi pecho.

Principio del formulario

Pasaron unos minutos, cuando de repente, en medio del ruido de la lluvia, escuché el chirrido ronco de una puerta que se abría. Mi corazón dio un vuelco. Instintivamente levanté la cabeza y, en ese instante, lo vi. A través de la penumbra, entre las sombras que la tenue luz del pasillo no alcanzaba a disipar, apareció una figura grotesca. Era la silueta de un hombre o al menos eso parecía. No estaba lo suficientemente cerca como para que yo  pudiera distinguir su forma. No era mi esposo.

Mis ojos se abrieron desmesuradamente al captar los detalles de su rostro. Era de un tono rojizo, arrugado, como una pasa vieja. Pero lo que más me horrorizó fueron sus manos, enormes, como las de un gorila, con uñas largas y afiladas, semejantes a las garras de una garza. El espectro no se movía. Simplemente se aferraba a la puerta principal, rasguñándola con una furia silenciosa, como si quisiera arrancarla de sus bisagras.

Un frío helado me recorrió el cuerpo, paralizándome. Quise moverme, gritar, hacer algo, pero el terror me invadió tanto que ni siquiera podía respirar con normalidad. Todo sucedió en cuestión de segundos, aunque para mí fue como una eternidad. Cada instante se sentía más largo y aterrador que el anterior.

De repente, la figura desapareció, como si nunca hubiera estado allí, como si hubiera sido solo un producto de mi mente. Las marcas que dejó en la puerta, profundas y siniestras, confirmaron que lo que había visto era real. Temblando de pies a cabeza, me armé de valor. Salí del cuarto rápidamente, buscando ayuda.

Bajo la lluvia, corrí hacia la calle llamando a los vecinos. Toqué puertas entre sollozos, contando lo que había visto. Me miraron con escepticismo, intentando tranquilizarme, asegurándome que no habían visto a nadie entrar a mi casa. Pero yo sabía lo que había visto. Esa figura no era humana y lo que fuera había intentado entrar.

Regresé a casa, rezando en cada paso. Al volver a mi cuarto, mis hijos seguían dormidos, ajenos al horror que acababa de presenciar. Me arrodillé junto a ellos, agradeciendo a Dios por haberlos protegido. Sabía que esa noche había sido una advertencia de algo más oscuro y peligroso.

 

Informante oral

Francisca Shingón nació en la provincia de Cotopaxi, el 22 de febrero de 1964. Su esposo es Manuel De la Cruz, con el que tuvo cuatro hijos. Es comerciante y todavía vive en la ciudad del Puyo. 

 

 
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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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