Fuente oral: Jorge Ampuero Vacacela
Recopilación: Dorys Rueda
 
Enero, 2026.
 
El pacto con el diablo aparece una y otra vez en las leyendas ecuatorianas. No siempre se cuenta como algo grandioso o lejano, sino como un trato que puede darse en cualquier momento, casi sin que uno lo note: en un camino oscuro, en una cantina, en una quebrada, en una hacienda solitaria o en una casa vieja. El diablo no siempre llega con cuernos ni rodeado de fuego; muchas veces se presenta bien vestido, con palabras amables, ofreciendo justo aquello que a la persona le hace falta. A cambio, por lo general, pide lo más valioso: el alma humana.
 

Historias como estas no pertenecen solo a la sierra ecuatoriana. En la costa también se cuentan relatos donde la ambición, la necesidad y la desgracia abren la puerta a lo prohibido. Uno de esos pactos, según la tradición oral, ocurrió en Manabí. 

A continuación, les presento una versión recogida por el poeta ecuatoriano Jorge Ampuero Vacacela:

 
Aníbal Crespo siempre, hasta los 30 años, vivió trabajando duro en el campo, ya en los desmontes de arroz, ya en las tumbas de cacao, ya en los cortes de banano y hasta ordeñando vacas. Siempre en calidad de peón, siempre sufriendo con el salario, siempre pensando y maldiciendo la desgracia de haber nacido pobre. 
 
De aspecto bien parecido, de pelo algo castaño y ojos color miel, Aníbal había tenido tanta mala suerte que un lunes de 1930, mientras se desempeñaba en una hacienda ganadera, por poco mata a medio pueblo. Él era el encargado de repartir la leche ordeñada, pero en esa ocasión cometió un error casi fatal: confundió los envases de la leche con unas canecas utilizadas para echar matamonte.
 
Producto de aquello, su patrón, sin pensarlo mucho, lo botó a la calle sin miramiento alguno. 
 
Crespo, que había llegado de un recinto alejado de Manabí, en la provincia de Los Ríos no tenía ni dónde caerse muerto. Decepcionado y afligido, se dirigió a la orilla del río Babahoyo a esperar una canoa que lo sacara al pueblo más cercano.
 
Ya iban a ser las 6 de la tarde cuando el canoero apareció empujado por las turbias aguas del río. Curiosamente, solo llevaba un pasajero, un tipo vestido de blanco, muy delgado, con sombrero también blanco y con gafas oscuras. 
 
-¿Hacia dónde va, joven?, le preguntó aquel hombre sin saber si lo miraba o no. 
 
- Adonde me lleve la corriente; no tengo lugar fijo dónde llegar. No soy de aquí y me acaban de echar del trabajo.
 
El hombre vestido de blanco sonrió como si hubiera estado esperando el momento oportuno para lograr un propósito, un viejo propósito.
 
-No se preocupe, amigo, yo lo voy ayudar, pero usted también tiene que poner lo suyo.
 
Desde esa tarde en que el río se lo llevó sin rumbo cierto, a Aníbal Crespo no se lo volvió a ver sino después de un año, un año en el que pareció haber cambiado de pies a cabeza... Y hasta de alma.
 
No se sabe cómo, en tan poco tiempo, pasó a ser dueño absoluto de la hacienda Rosa Elvira, de aproximadamente 200 hectáreas, y que producía todo lo que la tierra da y en abundantes cantidades, tanto, que las frutas se podrían porque no se alcanzaba a vender toda la producción.
 
Lo mismo sucedía con el ganado, que se reproducía misteriosamente de un día para el otro. Desde su mansión de madera, Crespo abría los abrazos como queriendo abarcar todas sus propiedades. Y sonreía, solo sonreía.
 
Al cabo de algunos años y con una hacienda a punto de reventar por todo lo que producía, Crespo cayó en cama. Dicen que incluso se fue a París a hacerse ver, pero lo suyo no era una simple enfermedad. Había algo más...
 
Sus empleados, que se contaban por decenas, aseguraban que, por las noches, incapaz de conciliar el sueño a causa de agudos dolores en todo el cuerpo, salía hasta los tendales de cacao a caminar de un lado para el otro. Allí, parecía hablar con alguien en voz baja, siempre en voz baja.
 
A fines de diciembre de 1945, Aníbal Crespo empeoró. Ya no puedo levantarse y los dolores se intensificaron. 
 
Una tarde alguien llegó a visitarlo. Era la misma persona que había encontrado en una canoa hacía algún tiempo. Se negó a recibirlo, quiso hasta esconderse, huir, pero no pudo. El hombre, al pie de su cama, sin decir media palabra, le extendió un papel en cuyo encabezado se leía, con letras rojas, la palabra ACUERDO.
 
El enfermo, aterrorizado, leyó el papel y, aunque quiso romperlo, sus fuerzas se impidieron.
 
-¿Vienes por mí?, le preguntó a aquel hombre que parecía no haber envejecido y que vestía el mismo traje blanco de aquella vez.
 
- Solo vengo a cumplir el acuerdo. 
 
Luego de aquella cita de pocos minutos, según aseguraban los empleados más cercanos, el cuerpo de Aníbal Crespo desapareció. Cuando lo "enterraron", su ataúd debió ser llenado con frutas de todo tipo y pocas, pocas personas lo lloraron.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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