
Dorys Rueda
La historia que les contaré me la relató el maestro Óscar Ruiz, quien a su vez la recibió de su alumna, Annel Toapanta. Y cada vez que la recuerdo, vuelvo a esa Manabí de antes, cuando los ceibos no eran solo árboles, sino parte del camino y de la vida. Eran tan grandes que se veían desde lejos. Uno los distinguía incluso antes de llegar. Ahí estaban, altos, inmóviles, callados, como si cuidaran el paso de quienes iban y venían por la provincia.
Si alguien pasaba cerca de un ceibo, algo raro se sentía. Entonces, se bajaba la voz, los pasos se hacían más lentos y casi respetuosos. No era el miedo; era una sensación difícil de explicar. Y el silencio era extraño; no era vacío: parecía eterno…
Por eso, los abuelitos siempre decían que los ceibos eran sagrados. No porque alguien lo hubiera escrito o enseñado en la escuela, sino porque así se sentía. Los ciudadanos lo repetían como una advertencia. Decían que a esos árboles había que tratar con respeto, porque dentro de sus troncos vivía el espíritu del monte. Un ser pequeño pero poderoso: el encargado de cuidar todo lo que crecía en la naturaleza: los animales, las plantas y la tierra misma.
A ese espíritu lo llamaban el “Guardián de los Ceibos” y quienes aseguraban haberlo visto lo describían de la misma manera: chiquito, como un niño, con la piel oscura y húmeda, del color de las hojas después de la lluvia. Tenía una barba larga hecha de musgo y unos ojos que brillaban en la penumbra, como luciérnagas encendidas. Andaba siempre con un sombrero de hojas secas y un bastón de madera retorcida. Con ese bastón ayudaba a la gente que se había perdido a encontrar su camino. Pero con el mismo bastón castigaba a quienes iban por el lugar con malas intenciones, con el deseo de cortar un ceibo sin pedir permiso.
No aparecía de golpe. Primero venían las señales: el machete no estaba donde lo habías dejado, el hacha se perdía, el sendero de regreso ya no parecía el mismo. Luego se oían cosas raras: risas bajitas, murmullos, pasos entre la maleza. Más de un leñador regresó del monte pálido, jurando que alguien le había dicho su nombre justo antes de salir corriendo con el corazón acelerado; que alguien golpeó un bastón en sus piernas…
Pero el “Guardián” no era solo castigo ni travesura. También sabía entender la necesidad. Si un campesino de verdad necesitaba madera para levantar su casa y se acercaba con respeto, dejaba una ofrenda al pie del ceibo: unos granos de maíz, un pedazo de panela, un trago de aguardiente. Entonces el monte se quedaba quieto, en calma. Era como si el “Guardián” aceptara el gesto y permitiera cortar solo lo necesario, nada más.
Todavía hoy, en algunas comunidades de Manabí, muchos creen que los ceibos que siguen de pie no están ahí por pura casualidad. Permanecen porque alguien los cuida. Por eso la gente prefiere rodearlos, sembrar un poco más lejos o, simplemente, dejarlos en paz. No siempre lo hacen por miedo, sino por un respeto antiguo que se aprende sin palabras, casi sin darse cuenta. Saben que el “Guardián” sigue ahí, aunque no se muestre. Permanece oculto entre los árboles, caminando en silencio, cuidando el monte sin dejarse ver.
