LEYENDA DE NARANJAL
Fuente oral: Jorge Ampuero Vacacela
Recopilación: Dorys Rueda
Noviembre, 2025.
Hay historias que llegan a nosotros como llegan los rumores antiguos: sin fechas exactas, sin pruebas, sostenidas apenas por la memoria y la palabra dicha en voz baja. Esta me fue contada por el poeta Jorge Ampuero Vacacela, y la comparto porque aún conserva ese temblor propio de las cosas que nadie logró entender del todo.
Se sitúa en un tiempo en que San Carlos, en Naranjal, era poco más que monte, río y silencio; cuando los caminos eran difíciles y la vida se abría paso entre la naturaleza y el esfuerzo diario. En ese escenario aislado apareció un hombre extraño, de origen desconocido y costumbres inquietantes, cuya presencia pronto despertó curiosidad, recelo y temor.
Esta no es una historia que busque certezas. Como toda leyenda, vive de lo que se dijo, de lo que se sospechó y de lo que jamás pudo comprobarse. Por eso ha sobrevivido tantos años: porque algunas vidas dejan huellas que no se borran, aunque desaparezcan, y porque hay nombres que todavía se pronuncian en voz baja, como si el misterio pudiera oírnos.
Así comienza la historia, en la voz del poeta Jorge Ampuero Vacacela:
“A inicios de los años 50 del siglo pasado, la parroquia San Carlos (Naranjal) estaba muy lejos de ser lo que hoy es, pues he aquí que su territorio, entre Guayas, Cañar Y Azuay, se extendía entre cerros, ríos, huertas enormes y una cuantas casas de caña. Nada más.
Sus pocos pobladores, venidos sobre todo del sur del país, se dedicaban al cultivo de banano y cacao fino de aroma. Pero tenían un problema: no había rutas transitables sino trechos polvorientos de tercer orden, lo cual dificultaba grandemente sus negocios.
Allí, en ese medio agreste e inhóspito, donde era posible ver las guatusas cruzarse libremente en el camino, una tarde apareció un hombre extraño. Nadie sabía cómo había llegado ni de dónde había venido. Solo apareció.
Alto como una palmera, de ojos profundamente negros y de hablar escaso, alguien escuchó que se llamaba Hilario Barberán, pero que era más conocido como "Brazo de mono", debido a que su extremidad izquierda estaba afectada por la polio y era solo como una L que le guindaba del pecho.
Tampoco se sabía dónde vivía ni con quién; solo que era experto haciendo canoas. Sí, tal como se lee, haciendo canoas, lo cual era digno de extrañeza pues, a la cuenta, era minusválido. Pero eso no era lo que más extrañaba en el pueblo, lo más raro es que fabricaba las embarcaciones de un día para el otro.
Debido a esta curiosa habilidad, "Brazo de mono" era muy solicitado entre los agricultores, que preferían las rutas fluviales a los malos caminos. Además, cobraba muy poco y él mismo se iba a la montaña lejana a tumbar los árboles para su trabajo.
¿Cómo, un hombre con esa limitación física era capaz de hacer trabajos de mucho esfuerzo sin ayuda de nadie? Todo el pueblo se hacía esa pregunta, pero nadie se atrevía a averiguarlo con mucha dedicación, ya que el tipo inspiraba cierto temor.
Pese a esto, un domingo, casi al atardecer, un grupo de chicos liderados por Luis Quevedo, se propusieron descubrir el secreto.
Ese día, "Brazo de mono" había salido al pueblo a comprar algo de comida. Como siempre andaba a pie, la tropa de mozalbetes, a prudencial distancia, comenzó a seguirlo.
Avanzaron por un camino flaco y se metieron por un sembrío espeso de cacao. Allí, rodeada de troncos de árboles secos y algunas herramientas, había una covacha muy pobre. Antes de entrar a la casucha y como si presintiera miradas curiosas, "Brazo de mono" miró detenidamente a su alrededor.
Los chicos sintieron miedo, pero siguieron con su misión. Muy quedamente se acercaron a las rendijas de las cañas. No vieron nada pero escucharon voces como en otras lenguas, lenguas que no entendían, que era como si alguien estuviera haciendo gárgaras. Aterrorizados, salieron corriendo sin mirar atrás hasta que llegaron al pueblo pálidos y vomitando.
¿De quiénes eran esas voces extrañas? ¿Eran muertos, vivos, fantasmas, quiénes eran y por qué no se los podía ver? ¿Eran quienes ayudaban a "Brazo de mono" a hacer las canoas de un día para el otro?".
Esas preguntas quedaron siempre sin contestar, pues a aquel hombre extraño de mirar sombrío, después de esa tarde en que un grupo de chicos se acercó demasiado a su misteriosa vida, nunca más se lo volvió a ver. Algunos campesinos aseguraron haberlo visto por última vez al morir la tarde, aguas abajo, montado en una de sus canoas, esas canoas que le dieron tanta fama.
Aun hoy, que ha pasado más de medio siglo, se sigue hablando de "Brazo de mono" en voz baja”.
