Fuente oral: Jorge Ampuero Vacacela
Recopilación: Dorys Rueda
 
Noviembre, 2025.
 
 
 
Hay leyendas que nacen del miedo colectivo y se sostienen en hechos tan perturbadores que el tiempo no logra borrarlos del todo. No se cuentan en voz alta ni se repiten con ligereza, porque arrastran consigo el peso de la muerte y la culpa. Esta historia me fue contada por el poeta Jorge Ampuero Vacacela y la reproduzco tal como llegó a mí, respetando su oscuridad, su misterio y las preguntas que aún deja abiertas.

Así comienza la historia, en la voz del poeta.

Al empezar la década de los años cuarenta del siglo pasado, el país vivía tiempos de turbulencia, en especial a causa de la guerra limítrofe con el Perú, un hecho histórico que le costó muchas vidas al Ecuador. Y si de vidas perdidas hablamos, justamente por ese tránsito inevitable de la condición humana, por esa misma época surgió un personaje tenebroso en Guayaquil: el “Comemuertos”.

Se decía que aquel sujeto, cuyo nombre siempre fue un misterio, trabajaba como sepulturero en el Cementerio General de Guayaquil desde hacía bastante tiempo, razón por la cual gozaba de la confianza de los demás enterradores. Hacía bien su trabajo y nunca despertó sospechas de ningún tipo, pese a tener un físico acorde con su oficio: flaco, desgarbado, de profundos ojos verdes y cejas pobladas.

Todo transcurrió sin novedad hasta que ocurrieron dos hechos inquietantes. El primero tuvo como protagonista a un acaudalado ciudadano —cuando aún algunas familias conservaban la bonanza de la época dorada del cacao—, quien, en su lecho de muerte, pidió a su hijo mayor que lo enterraran con sus joyas preferidas: un anillo de diamante y una condecoración otorgada en Francia, país del que había regresado para ser sepultado en su ciudad natal.

El pedido se cumplió al pie de la letra. Sin embargo, pocos días después, uno de los hijos del difunto comprobó con asombro que la condecoración de su padre —única en su especie y, por lo tanto, inconfundible— se exhibía a la venta en una joyería de la ciudad.

Pasó algún tiempo y ocurrió un hecho igual de macabro. Una joven, a pocos días de casarse, murió tras rodarse por las escaleras de su casa y desnucarse. Su madre, destrozada por la tragedia, decidió enterrarla con su traje de novia en el mismo cementerio y con el mismo sepulturero.

Días después, caminando por el centro de la ciudad, la mujer comprobó con horror que el vestido de su hija fallecida se ofrecía libremente en un local comercial. Guardó silencio, pero no pudo quedarse tranquila. De inmediato trazó un plan y se puso en contacto con otros perjudicados que aseguraban haber sido víctimas del llamado “Comemuertos”.

Fue así como, pocos días después, durante un funeral, varios de los afectados acudieron disimuladamente en compañía del jefe policial Manuel Carbo Paredes y del cabo Rufo Lago, célebres por su dureza e inflexibilidad frente a los delincuentes.

Terminada la ceremonia luctuosa, ambos agentes regresaron esa misma noche y sorprendieron al sepulturero in fraganti, mientras despojaba al difunto de su dentadura de oro. Sin nada que alegar en su defensa, el hombre confesó todos los delitos cometidos, no sin antes lanzar una maldición contra sus captores.

Años después de su muerte —de cuya fecha no se tiene registro—, no han faltado quienes aseguran haber visto a un hombre con sus mismas características físicas rondando, sobre todo, los bloques más antiguos del cementerio, el dos y el tres, así como las tumbas del viejo cerro San Lázaro.

Cabe agregar que tanto Cabo como Lago murieron trágicamente durante la revuelta popular del 28 de mayo de 1944, que depuso al presidente Carlos Arroyo del Río: a ambos el pueblo los linchó en plena calle.

¿Se cumplió la maldición del “Comemuertos”?

Eso nunca se sabrá…
 
 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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