La leyenda y la poesía no pertenecen a mundos separados. Durante mucho tiempo pensamos que la leyenda servía para contar historias y que la poesía existía únicamente para hablar de sentimientos. Pero cuando ambas se encuentran dentro de un mismo texto, ocurre algo distinto: el relato deja de ser solo narración y comienza también a convertirse en experiencia emocional.

La historia sigue siendo la misma. El misterio permanece y los personajes no cambian. Sin embargo, la poesía modifica la manera en que el lector entra en la leyenda. Ya no observa los hechos desde afuera; empieza a sentirlos desde adentro.

Pensemos en las antiguas historias del Cuco en Otavalo.

Los padres no necesitaban largos castigos para corregir a los hijos. Bastaba pronunciar aquel nombre y el silencio aparecía. Nadie sabía exactamente cómo era el Cuco. Algunos lo imaginaban como una sombra negra; otros, como algo escondido en los rincones de la casa. Y quizá por eso daba más miedo: porque nunca terminaba de mostrarse.

Pero el Cuco no gritaba ni corría detrás de nadie. Bastaba sentir que podía estar cerca.

Entonces aparece la poesía:

 

        La casa seguía en silencio.
        La cama seguía en su lugar.
        Pero después de escuchar su nombre
        la noche ya no era la misma.

 

¿Qué ocurre aquí? El lector ya no solo comprende que los niños tenían miedo. Ahora siente cómo cambia el aire dentro de la habitación. El poema no explica el temor: lo vuelve atmósfera.

Algo parecido sucede con ciertos versos del poema El miedo, de la escritora ecuatoriana María Dolores Cabrera:

 

       “El miedo se escurre a través de la ventana,
        se instala sigiloso, sin aviso ni advertencia”.

 

De pronto, el miedo deja de ser una idea abstracta. Parece entrar lentamente en la casa, deslizarse por las paredes y quedarse quieto junto a la cama. La poesía convierte una emoción en presencia.

Las abuelas también contaban que el Cuco escuchaba los berrinches desde lejos y que no necesitaba puertas abiertas para entrar. Entonces los niños se cubrían enteros con la cobija, esperando que la noche pasara rápido.

Y allí la poesía vuelve a transformar el relato:

 

       A veces el miedo 
       no tenía pasos
       ni sombra.

       Solo una respiración extraña
       junto a la cama.

 

La escena ya no depende únicamente de la imaginación del lector. Ahora tiene silencio, ritmo y tensión emocional.

Más adelante, el poema de María Dolores Cabrera vuelve a profundizar esa sensación cuando dice:

 

      “El miedo nos mira poderoso,
      de pie, desde el umbral”.

 

Y justamente eso hacen muchas leyendas: quedarse en el umbral entre lo visible y lo invisible, entre la realidad y aquello que preferimos no explicar del todo. La poesía logra que esa presencia deje de sentirse lejana y se vuelva cercana, casi respirando dentro del espacio cotidiano.

Eso es lo que gana la leyenda cuando se encuentra con la poesía: profundidad emocional.

La leyenda cuenta lo ocurrido.
La poesía hace sentir lo que ocurre.

La primera construye el relato; la segunda crea el clima interior de la historia.

Y cuando ambas se unen, el lector deja de escuchar la leyenda como quien oye un cuento lejano alrededor de una mesa. Empieza a sentir que algo respira cerca, como si la historia caminara lentamente a su lado.

Porque las leyendas nacieron para ser contadas, pero la poesía permite que permanezcan dentro del lector mucho después de terminar la lectura.

Tal vez por eso las historias antiguas siguen sobreviviendo. No únicamente porque alguien las recuerda, sino porque todavía consiguen despertar emociones que continúan vivas.

La leyenda conserva la memoria.
La poesía le devuelve el pulso.

 
 
 

 

Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen 3, obra inédita, 2026.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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