Hay conversaciones
que no terminan cuando terminan.

Se quedan abiertas
en alguna parte del cuerpo,
como una puerta mal cerrada
que el viento empuja de vez en cuando.

Regresan mientras lavamos los platos,
cuando el semáforo tarda demasiado,
en mitad de una película,
o mientras una canción antigua
hace su trabajo silencioso sobre la memoria.

Entonces volvemos ahí.
No con los mismos gestos,
no con la misma voz,
sino con esta versión de nosotros
que llegó tarde a entender lo que sentía.

Y hablamos otra vez,
aunque nadie escuche.
Respondemos lo que no supimos responder.

Defendemos la tristeza
que aquella vez disfrazamos de enojo.

Encontramos, por fin,
la frase exacta
que no apareció cuando más la necesitábamos.

En nuestra cabeza
la escena cambia un poco.

Ahora sí sabemos poner límites.
Ahora sí decimos:
“Eso me dolió”.
“Yo también estaba cansado”.
“No sabía cómo explicarlo”.

Pero la vida
no devuelve las discusiones
para corregirlas.

Solo las deja flotando,
a veces durante años,
como ropa olvidada
en el tendedero de la memoria.

Porque ciertas peleas
nunca hablaron realmente
de la llamada perdida,
del mensaje seco
o de la puerta cerrada demasiado fuerte.

Hablaban de otra cosa.

Del miedo a no importar.
De sentirse solo
incluso acompañado.
De esperar ternura
y encontrar silencio.

Por eso algunas palabras
siguen latiendo dentro de nosotros
mucho tiempo después.

No porque todavía queramos ganar,
sino porque una parte nuestra
sigue intentando entender
qué fue lo que dolió tanto.

Y quizá crecer
consista en algo más simple
y más difícil:

dejar de reescribir antiguas conversaciones
en la oscuridad de la cabeza

y aprender,
poco a poco,
a mirar con ternura
a la persona que éramos
cuando todo aquello ocurrió.

 

Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen 3, obra inédita, 2026.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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