Hay personas que no desaparecen del todo cuando se van.
Permanecen en la manera en que habitamos la vida cotidiana.
Las madres suelen quedarse así: silenciosamente.

Las madres no solo criaban hijos. También administraban el caos con una precisión que todavía la ciencia no consigue explicar.

De ellas aprendimos las primeras reglas del mundo: que existían vasos “de diario” y otros que nadie podía tocar porque eran “para las visitas”; que el arroz no debía destaparse “a cada rato” porque “no revienta”; y que abrir la refrigeradora demasiadas veces parecía poner en riesgo la economía familiar. También descubrimos que dejar un foco encendido en un cuarto vacío era prácticamente un atentado contra la planilla de la luz y que las fundas vacías jamás debían botarse porque “después sí sirven”.

Pero además de organizadoras, las madres tenían algo de magas. Eran capaces de adivinar quién había dejado los zapatos en media sala sin haber visto nada; descubrían inmediatamente quién se había servido gaseosa “solo un poquito”; y podían detectar fiebre colocando apenas la mano sobre la frente, como si llevaran un termómetro invisible escondido en la piel. Bastaba escuchar un “mmm…” desde la cocina para saber que ya habían encontrado el plato mal lavado, el desorden del cuarto o la tarea que todavía no hacíamos.

Y mientras organizaban horarios, ropa y pequeños desastres cotidianos, también sostenían cosas menos visibles: el miedo cuando enfermábamos, el silencio después de una pelea y esa tranquilidad profunda de saber que, pasara lo que pasara afuera, siempre habría alguien esperando para preguntar:

—¿Ya comiste?

Las madres también hablaban un idioma propio que, durante años, uno cree que jamás repetirá. Hasta que llega la adultez y, con cierta mezcla de ternura y espanto, descubrimos que empezamos a decir exactamente las mismas frases.

Primero estaban las relacionadas con la comida: “Aquí no es restaurante; se come lo que hay” o “¡No juegues con la comida, que hay niños que no tienen!”. Luego venían las advertencias médicas, pronunciadas con absoluta autoridad científica: “No andes descalzo, que te vas a enfermar” y “Ponte abrigo para que no te resfríes”.

También aparecían las dedicadas al orden doméstico: “¡Ese cuarto parece un chiquero!” o aquella amenaza legendaria:

—¡Si voy yo y la encuentro en el cajón de las medias, te juro que…!

Y curiosamente siempre la encontraban en menos de diez segundos.

Había además un profundo sentido del ahorro familiar: “No importa que te quede largo, le cogemos una basta y ya está”, porque para las madres toda ropa todavía tenía “unos buenos años más”.

Y, por supuesto, nunca faltaba la vigilancia social resumida en una sola pregunta:

—¿Y de quién es hijo ese muchacho?

Lo más extraño es que esas frases no desaparecen. Se quedan viviendo dentro de nosotros. Un día nos descubrimos apagando focos detrás de otras personas, guardando fundas “por si acaso” o diciendo: “Ya te lo dije yo, eso no te convenía”. Y entonces entendemos que las madres no solo enseñaban costumbres: dejaban sembrada una manera de cuidar.

También funcionaban como una especie de memoria doméstica imposible de reemplazar. Parecía que dentro de ellas existía un archivo secreto donde nada se perdía realmente y, además, sin necesidad de cargar batería.

Recordaban dónde estaban las llaves, los documentos y hasta los cuadernos desaparecidos desde hacía meses: “Está en el segundo cajón, al fondo, debajo de la bufanda azul que no te pones desde el bautizo de tu primo” o “Tus llaves están en la mesa de la entrada, detrás del florero, donde las dejaste anoche porque venías distraído”, exactamente en el lugar donde uno juraba haber buscado tres veces.

Pero su memoria no guardaba solo objetos. También archivaba enfermedades, gustos y momentos completos de nuestra vida. Eran capaces de recordar que cierta medicina nos daba alergia “desde aquella gripe fuerte de las vacaciones”, detectar una tos sospechosa porque “es la misma que te dio cuando tenías seis años” o advertir en un restaurante:

—No le ponga cebolla, por favor, que desde chiquita la aparta a un lado del plato.

Incluso conservaban recuerdos que uno mismo ya había olvidado: el nombre del amigo que usaba lentes y se mudó a Galápagos, el cuaderno de espiral roja de cuarto grado o el día exacto en que nos graduamos y estábamos muertos de nervios.

Mientras nosotros ahora apenas recordamos dónde dejamos el celular hace diez minutos, ellas parecían sostener la historia completa de la familia dentro de la cabeza.

Y quizá por eso, cuando una madre —o quien ocupó silenciosamente ese lugar— ya no está, no desaparece del todo.

Sigue apareciendo
en las frases que repetimos sin darnos cuenta,
en la manera de acomodar la mesa,
de guardar comida “por si alguien quiere después”
o en esa preocupación inevitable
cuando alguien tarda más de lo normal en llegar.

Porque hay personas
que dejan de estar físicamente,
pero continúan viviendo, silenciosamente,
en los gestos cotidianos
de quienes amaron.

 
 Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen 3, obra inédita, 2026.
 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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