Ahora todo funciona de otra manera. Si tengo que hacer una llamada urgente y no encuentro el celular, me entra un pánico bastante real. Ya casi no memorizo números —salvo el mío, por pura necesidad—, así que empiezo a buscar casi sin pensar, guiándome por esos lugares donde “seguro” debería estar. Meto la mano en la cartera y aparece de todo. Entonces recuerdo haber escuchado que en una cartera —o en cualquier bolso— cabe un mundo entero y empiezo a comprobarlo.
Exploro el fondo y salen, muy dignos, los últimos recibos del supermercado —que guardé “por si acaso”—, un lápiz sin punta —que claramente decidió acompañarme sin pedir permiso—, unas monedas sueltas que hacen ruido pero no ayudan en nada y hasta un caramelo pegajoso que ya no recuerda de cuándo es ni para qué estaba allí. También aparece un papel doblado con algo anotado que ya no logro descifrar. Todo va saliendo… menos el celular.
Entonces paso a los sofás, levanto cojines con una fe que se resiste a rendirse y ahí, la historia cambia de escenario: aparecen más monedas de 10 centavos, un botón que seguramente se escapó de alguna prenda, un recibo de la luz y, por supuesto, el control remoto que desapareció en Navidad y que ya dábamos por perdido. Uno pensaría que el celular estaría allí, escondido con todo lo demás, pero no. Él, con una discreción admirable, sigue sin aparecer.
Como si no fuera suficiente, voy al comedor. Miro sobre la mesa, levanto papeles, reviso entre los manteles, pero el celular no aparece.
Sigo hacia la cocina, con esa esperanza que ya se vuelve terca. Abro el refrigerador —como si el celular hubiera decidido refrescarse un poco—, reviso junto al frutero, miro cerca del microondas y lo único que encuentro es una cuchara fuera de lugar. El celular, con una coherencia admirable, tampoco está ahí.
En un acto de desesperación, voy a la cama: sacudo almohadas, revuelvo frazadas, reorganizo el caos con una energía que no sabía que tenía y termino arrodillada mirando debajo de la cama, como si el celular hubiera decidido independizarse.
Al final, cuando por fin aparece —porque siempre lo hace, en el lugar menos pensado—, suspiro porque lo he recuperado y hago la llamada en ese mismo instante, casi sin pensar. Mientras hablo, todo vuelve a la normalidad y, cuando cuelgo, me quedo un momento mirando el celular y, con alivio, lo guardo en la cartera. Como si no acabara de recorrer toda la casa por él.
