
La metáfora no está lejos. No pertenece solo a los libros. Está en lo que decimos todos los días, en esas frases que salen casi sin pensarlas, cuando algo nos pasa por dentro y no sabemos bien cómo decirlo.
Aparece sola
Decimos “tengo un nudo en la garganta” y no estamos hablando de un nudo real, sino de algo que aprieta, que se queda ahí, sin dejar salir la voz.
Decimos “se me vino el mundo encima” y, aunque nada ha caído sobre nosotros, por dentro todo pesa.
Decimos “estoy hecho pedazos” o “me partió el corazón” y, aunque no hay fragmentos visibles ni rupturas reales, algo se ha quebrado en el interior. Algo dejó de estar como antes y no hace falta decir mucho más.
Decimos “estoy en las nubes”, y no nos referimos a ningún cielo. Estamos lejos, distraídos, como si la mente se hubiera ido de viaje.
Decimos “me quedé frío”, no hablamos de una temperatura inferior a la ordinaria. Hacemos mención al instante en que algo nos sorprende o nos golpea por dentro.
Decimos “tengo la cabeza llena”, y no es que haya algo físico allí, pero sentimos ese cansancio, ese desborde de pensamientos que no encuentran orden.
Ahí está la metáfora.
Diciendo más de lo que parece sin necesidad de explicación.
Quien nos escucha, no pregunta qué significa tal o cual expresión, la reconoce. Probablemente porque en algún momento de la vida, hemos sentido ese nudo, ese peso, esa ruptura, ese cansancio.
La metáfora es como la luz. No como la que se muestra de golpe, sino a la que entra lentamente por la ventana al final de la tarde.
No explica ni señala. Solo ilumina lo suficiente para que algo se deje ver.
Pero también se parece al ritmo.
Un sonido se oye y se va. Pasa. Pero cuando hay ritmo, el sonido ya no solo se escucha: se siente, se queda.
En suma, la metáfora en el lenguaje cotidiano no es adorno, es la luz que revela y el ritmo que sostiene.
