Surgen las indirectas cuando no decimos frontalmente lo que sentimos, pero lo dejamos caer, como quien no quiere la cosa, esperando que el interlocutor lo entienda.

La indirecta cotidiana es la más común, la que aparece en lo diario, casi sin que nos demos cuenta. Por ejemplo: “Alguien debería llegar siempre a tiempo”, cuando en realidad ya miramos el reloj diez veces y la paciencia salió por la puerta hace rato. También cuando exclamamos: “Si alguien hubiera limpiado la cocina, no estaríamos viviendo este desastre digno de documental”, para expresar, sin decirlo directamente, la incomodidad que nos abraza. O cuando decimos: “Qué sorpresa que alguien no se preocupe por los demás”, con ese tono que no necesita subtítulos, porque el enfado ya viene incluido.

Lo curioso es que, cuando lanzamos una indirecta, estamos totalmente convencidos de que el otro va a entenderla, como si existiera un manual secreto que todos hubiéramos leído, menos, curiosamente, la persona a la que va dirigida.

Pero también está la indirecta que no llega o llega mal. A veces pasa de largo, como un mensaje enviado al grupo de WhatsApp equivocado y nadie responde. Otras veces queda flotando, esperando que alguien, algún día, la descifre. Por ejemplo, una madre dice: “Hay platos que no se lavan solos” y el hijo responde: “Sí, qué raro” y sigue mirando el celular como si fuera un estudio científico. O esa otra muy conocida: “Tu cuarto se ve más bonito cuando está ordenado” y el hijo contesta: “Sí, deberíamos tomarle una foto para recordar este momento”, sin moverse ni un centímetro. Y cuando uno dice: “Hace frío, ¿no?” y el otro responde: “Sí, bastante”, pero sigue sentado frente al computador, sin acercarse a cerrar la ventana. También cuando alguien comenta: “Qué rico sería un cafecito en este momento” y el interlocutor, muy considerado, responde: “Sí, sería delicioso”, pero no se levanta.

Hay también la indirecta que evita el encuentro. Es más sutil: dice las cosas por los lados, no de frente, como si el mensaje tuviera que llegar solo, sin que nadie se haga responsable de enviarlo. No se dice “tenemos que hablar”, sino que aparece un estado de WhatsApp donde se lee: “El silencio no es la vía de comunicación”, con la secreta esperanza de que el otro lo vea, lo interprete y, además, acierte. O, en lugar de decir “me molestó lo que hiciste”, se suelta un: “Hay personas que cambian mucho”, mirando al infinito, como si el destinatario estuviera en el aire.

Y está también la indirecta doméstica, la de casa, que tiene su propio lenguaje. No se dice “ayúdame”, pero los platos empiezan a sonar como si anunciaran un concierto y las puertas se cierran con cierta intensidad. La madre no reprende al hijo, pero comenta en voz alta, asegurándose de que todos escuchen: “Qué interesante, hay ropa que no llega sola al cesto”, mientras el hijo, experto en evasión, asiente desde la cama sin moverse. Y en pareja, el clásico: “No te preocupes, yo lo hago”, que en realidad significa exactamente lo contrario.

Tal vez, después de tantas indirectas, valdría la pena intentar algo más simple: decir lo que pensamos, sin esperar que el otro adivine lo que ni siquiera dijimos, ni que descifre mensajes ocultos o intenciones a medias. Porque, al final, entre lo que se sugiere y lo que se entiende, casi siempre se pierde algo.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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