Nuestra piel recuerda y guarda, obstinada, una biblioteca de gestos que el tiempo fue cerrando sin despedirse —como esas visitas que dicen “ya me voy” y se quedan una hora más—.

A veces me detengo —como quien abre un libro antiguo— y aparecen esos movimientos que antes eran casi rituales: pequeñas negociaciones con el mundo para que nos entregara su magia o al menos señal.

Hoy viven en las manos como fantasmas discretos: exiliados, pero intactos. Esperando turno, quizá, como si fueran a volver a servir.

¿Se acuerdan de la espera? Del índice girando en la esfera del teléfono, de ese viaje circular y paciente, de meter el dedo y dejar que el disco regresara, como si el tiempo respirara con nosotros.

Llamar era también saber esperar. Y aceptar que, si te equivocabas en un número, la vida no tenía botón de “borrar”.

Y aquel golpe al televisor, seco, preciso, casi digno. La imagen temblaba y nosotros respondíamos con un gesto mitad rabia, mitad fe. Un idioma torpe, pero efectivo, como si la máquina también nos entendiera o nos tuviera miedo.

Éramos artesanos sin saberlo. Un esfero o un lápiz salvaban la música, girando la cinta del cassette con una paciencia heredada de alguien más y con el ligero temor de que, en cualquier momento, la cinta se rindiera para siempre.

Y el soplido al cartucho: ese acto íntimo y absurdo, como si el aliento humano fuera la chispa final que despertaba los circuitos. Una mezcla extraña de tecnología y fe doméstica.

También estaba ese gesto mínimo, casi secreto: llevar el dedo a la lengua para separar páginas o contar billetes. La humedad del cuerpo tocando el papel, recordándonos que el mundo se dejaba sentir, aunque hoy nos dirían: “eso no es higiénico”.

Y ahora, para colmo, sin darme cuenta, a veces intento ampliar una foto sobre una página impresa. Abro los dedos, esperando que el papel responda. Pero no ocurre nada. Ni se mueve, ni coopera, ni siquiera reacciona.

Otras veces, sacudo un control remoto que no responde, como si aún quedara en él una última voluntad escondida.

Entonces lo entiendo: mis manos no han olvidado. Solo siguen buscando un mundo que ya no está, o que se fue sin avisar y sin dejar instrucciones.

 
 
 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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