Antes, muchas leyendas nacían de nuestros miedos.

Bastaba oír el nombre del cuco, imaginar a la mano negra apareciendo en la oscuridad o recordar los lamentos de María Angula para que la noche pareciera más larga y el sueño tardara en llegar.

Aquellas historias le daban forma a lo que no entendíamos y llenaban la oscuridad de presencias. Más de un niño, antes de apagar la luz, miraba debajo de la cama… solo para asegurarse de que todo estaba en su sitio.

En esas historias también vive la imaginación de los pueblos: esa manera sencilla de nombrar lo desconocido y de darle algún sentido a los temores. Así pasaban de una generación a otra. No hacían falta libros ni pantallas: bastaba alguien con ganas de contar y otros dispuestos a escuchar.

Muchas veces era la voz de las abuelas la que sostenía esos relatos, dichos con calma cuando la noche ya había caído y la casa empezaba a quedarse en silencio.

Hoy, aunque las leyendas ya no nos asusten como antes, siguen guardando algo muy valioso: la memoria de quienes las contaron.

El mundo cambia y con él cambian también nuestros miedos, pero las historias siempre encuentran la manera de quedarse. Basta que alguien recuerde una y empiece a contarla para que, casi sin darnos cuenta, volvamos a escuchar con la misma curiosidad de antes.

Ya no corremos a escondernos ni apagamos la luz con apuro, pero todavía sentimos ese pequeño cosquilleo que dejan las buenas historias. Quizá por eso, cuando la noche está tranquila y todo parece en calma, a más de uno le gusta mirar de reojo la oscuridad, por si alguna leyenda decide pasar, aunque sea un momento, a saludar.

Claro que el mundo de hoy inquieta de otra manera. Basta deslizar el dedo por la pantalla para pasar, en segundos, de una tragedia a otra: noticias de violencia, accidentes, desastres.

La inseguridad real se ha vuelto parte del paisaje cotidiano y, de tanto verla, casi ha dejado de sorprendernos. A veces da la impresión de que la propia realidad se ha vuelto más inquietante que cualquier leyenda.

Quizá por eso ahora es más difícil que una historia nos quite el sueño. Pero, aun así, seguimos escuchándolas. Tal vez porque, en el fondo, siempre necesitamos una buena historia para entender un poco mejor la noche.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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