
No hubo alarma ni titulares.
La calle siguió igual, con gente apurando el paso y luces que no alcanzaban del todo.
Sin embargo, algo avanzó entre las sombras.
No se anunció. No pidió permiso.
Se sintió apenas, como se sienten ciertas ideas que incomodan: llegan sin ruido y se quedan.
Tal vez por eso la escritura de hoy ya no separa géneros,
porque la realidad tampoco avisa cuando cambia.
En este breve texto conviven la crónica, la microficción, la prosa poética y la reflexión. No se cruzan para confundirse, sino para acompañarse. Cada una mira desde su lugar y, juntas, se encuentran como caminos que coinciden por un momento. Así se parece más a lo que vivimos: una experiencia hecha de cruces, de señales incompletas, de sentidos que se van armando mientras avanzamos.
Vivimos rodeados de fragmentos. Una imagen, una escena mínima, una pregunta que aparece en medio del día. La escritura responde a ese pulso y por eso se vuelve móvil, abierta, híbrida. Funciona como un collage: cada pieza conserva su forma, pero dialoga con las otras. A veces contamos, a veces sugerimos, a veces pensamos en voz alta. Y muchas veces, todo eso ocurre al mismo tiempo.
Más que una moda, esta manera de escribir es una forma de honestidad. La escritura se parece a un río que recoge lo que encuentra y sigue su curso. No pierde su identidad; la amplía. Escribir hoy es aceptar que contar, pensar y sentir no van por separado. La literatura, como la vida, cambia sin avisar y nos pide nuevas formas de nombrarla.
