
La primera lectura de un poema se parece a detenerse frente a una obra de arte. No a estudiarla, no a descifrarla, sino a permitir que ocurra. Como ante una pintura, dejamos que la imagen nos alcance antes de preguntarnos qué significa.
En ese primer encuentro conviene acompañar al poema, no conducirlo. Leer se parece entonces a observar una danza lenta: no se anticipa el paso siguiente ni se exige dirección. El cuerpo se mueve, retrocede, vuelve a intentar. No hay conquista ni posesión, solo una forma paciente de estar cerca, una alianza silenciosa que no necesita garantías.
Aunque un poema dialogue con normas y tradiciones, en su primera lectura no busca legitimarse ni pedir permiso para ser. Su intensidad no siempre está en lo que muestra de inmediato, sino en lo que queda en penumbra. Como al mirar una fotografía sin leer el pie, atendemos la luz, pero también la sombra; aquello que se ve y lo que queda insinuado, sin nombre.
Por eso, antes de interpretar, es mejor guardar silencio. Dar tiempo. Permitir que el poema haga lo suyo mientras lo miramos sin explicarlo. Después de esa primera lectura, no salimos con certezas, sino con preguntas. Y quizá esa sea la forma más honesta de comenzar a leer poesía.
Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.
